Es bien conocida la historia del caballero De La Barre (François-Jean Lefebvre de la Barre), un joven caballero francés de 19 años al que la malevolencia de un soplón acarreó en 1976 una sentencia de muerte tras ser torturado como presunto autor de un delito de blasfemia. El gran cargo contra De La Barre –sus dos jóvenes compinches, casi adolescentes, lograron escapar de la quema—consistió en el hecho de que, además de la acusación maliciosa de no haberse quitado el sombrero al paso de una procesión religiosa, en el registro domiciliario a que fue sometido se le halló un ejemplar del “Diccionario filosófico” de Voltaire, quien tardía e inútilmente, junto con otros “ilustrados” de fuste, se encargaría de la defensa de su buen nombre en una celebrada carta al marqués de Beccaria en la que denuncia con más brío que nunca la intolerancia católica de la época. El caballero De La Barre, ante cuya estatua próxima a la parisina place du Tertre, en el corazón de Montmartre, viene convocándose de antiguo la protesta libertaria, se ha convertido ahora en el símbolo de la represión inquisitorial por parte de los poderes islamistas y en el ariete de las asociaciones ciudadanas de origen árabe que exigen su derecho a profesar el ateísmo –valga la contradicción en los términos—sin que ello comporte la restricción de sus libertades personales. Muchos hemos sido los que ante esa estatua no poco controvertida hemos sentido el íntimo estremecimiento que provoca la injusticia suprema y escuchado la llamada de la libertad, ese ideal siempre esquivo y, por supuesto, frágil, sin atenerse al cual, sin embargo, la vida humana no merece se nombre. En aquella época se le destrozaban minuciosamente las piernas y se le arrancaba la lengua al disidente que osara manifestar en público su singularidad. Hoy siguen en activo no pocos sayones al servicio del fanatismo.

La misma apostasía se sigue castigando con la pena máxima en países como Arabia Saudí, Irán y otros por el estilo, en función del prejuicio insostenible de que el islamista lo es de por vida y si deja de serlo merece la muerte. Los sectores avanzados de las comunidades islámicas occidentalizadas reclaman hoy –en Francia, en Alemania o en Gran Bretaña– su derecho a la disidencia y a la intangibilidad del fuero íntimo frente a la imposición fanática de una ortodoxia tan arcaica como insensata. Cuando nos hemos querido dar cuenta teníamos ya encima una nueva inquisición.

6 Comentarios

  1. La crítica a la Inquisición actual es mucho más comprensiva y menos dura que lo ha sido siempre con la que ejercieron los fanáticos papistas. Y sin embargo yo no he visto una pira semejante a la de las Torres Gemelas. Eso de que la apostasía se castigue con la muerte habla de otra Edad Media que en la actual no tiene cabida.

  2. Denuncio con pseudónimo a un articulista tan bien informado que se va por los cerros de Úbeda con tal de no hablar de lo que aquí está ocurriendo (aquí quiere decir Sevilla pero también Madrid). No hablaría así si no me considerara con algún derecho como lector desde hace muchos años de Gómez Marín, cuya opinión respeto tanto cuando lo escucho por la radio o en la televisión.

  3. Señor Arsuaga, hay decenas, cientos de comentaristas hablando de lo que usted quiere que hable JAGM. Seguro que encuentra a quien dice lo que usted quiere leer.

    En esta bitácora o blog estamos habituados –y por eso acudimos a ella– a leer y/o discutir lo que en otras no aparece. Por muy lector u oyente que sea de mi don JA, no le considero autorizado, ni a usted ni a nadie, ni a mí mismo de diktar al columnista cuál deba ser el tema de su columna. A nadie nos llama ni nos expulsa. Admitamos sus reglas del juego.

  4. Resulta precioso que los ex-islamistas evoquen la figura del pobre caballero De La Barre, porque ello da una idea de lo difícil que debe de ser para ellos convivir, incluso en sociedades libres, sujetos a la amenaza de los radicales. Por cierto la carta de Voltaire a Beccaria sobre el asunto es un texto más que recomendable.

  5. Otro peregrino a la estatua del Caballero de Montmartre… Me ha recordado tantas cosas la columna de hoy y especialmente esa evocación parisina… No hagas llorar a los viejos, hombre, que bastante cruz llevamos ya.

  6. Siempre habrá inquisiciones. Está en la naturaleza del Poder. ¿Qué hacer? Lo que estamos haciendo: denunciar sin miedo, esperar con confianza. Con este papa espero y creo que los inquisidores lo van a tener más difícil. Una anécdota: el papa Francisco ha llamado al Episcopado de Buenos Aires para ordenarle que retiren una estatua suya que se había situado en un lugar público.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.