Se lea poco o mucho en Andalucía, lo cierto es que, al menos a muchos andaluces, nuestros libros nos ahogan. La vivienda urbana, incluso la decorosa, carece de espacio para albergar la vieja y nueva sabiduría siguiendo la tradición más que milmilenaria de acumular el saber en bibliotecas. Al presidente del Parlamento Marín Rite le propuse en su día la posibilidad de que las bibliotecas privadas que merecieran la pena –en Andalucía hay muchas sobre temas muy diversos— fueran legadas por sus dueños –yo el primero— al Parlamento autónomo, con el fin de constituir un fondo interdisciplinar que, sin duda, habría de resultar valioso en un futuro, pero mi entrañable amigo Víctor Márquez me enmendó la plana con su decisión de legar la suya –en vida— a su pueblo (Villanueva de los Castillejos), excluida la escasa centena de obras indispensables para él. ¡No hay sitio en nuestras casas, bien lo sabemos! En mi caso, voy por el cuarto traslado y que si quieres arroz: sigo enterrado en vida.

Olvidadas las proezas bibliográficas del pasado (la de Alejandría, la de Constantinopla, la de Pérgamo…), en Fez acaban de restaurar la suya, una fabulosa colección, con origen en el siglo IX, fundada por una dama árabe y recuperada ahora por el celo alauita, que conserva el saber, tantas veces olvidado si no prescrito, de una cultura que, junto a su propia aportación, tuvo el mérito inigualable de rescatar el pensamiento clásico griego. Y por su parte, Internet anda alcanzando objetivos jamás soñados como puede ser la inabarcable oferta de todo lo escrito por el hombre puesta al alcance de cualquiera que disponga de un modesto “ebook” que no ocupa lugar.

Márquez Reviriego lleva razón: acaso la solución esté en renunciar a la manía coleccionista que suele acompañar a la bibliomanía. ¡Libros, los precisos! La urbanización vertiginosa de la vida ha reducido nuestro territorio vital, en el que deberíamos lamentar, no que no nos quepan nuestros libros, sino que falte sitio para los abuelos. ¿Y no nos bastaría con una biblioteca de cien libros? No sin desgarro contemplo la mía y recorro inquieto sus anaqueles, desarmado por la evidencia de la limitación humana. “Ars longa, vita brevis”, decía el aforismo de Hipócrates reescrito por Séneca y que Goethe introdujo en el “Fausto” dentro del diálogo entre su alumno Wagner y Mefistófeles. Pero siempre me ha dolido ese cruel destino de las bibliotecas que las arrastra casi inexorablemente al desguace y a la dispersión. Ni siquiera creo que tengamos derecho a echar por la borda la labor que, durante toda una vida, haya ido haciendo, tantas veces con sacrificio, nuestro celo de lectores fervientes.

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