Como aquellos monjes del misticismo oriental que, en los años 60, se quemaban en público, ahí están ya también nuestros primeros bonzos inmolándose desesperados por la crisis. Ante esa imagen escandaliza la porfía sobre el significado de la caída del paro en diciembre, ese rifirrafe político que utiliza la desgracia del desempleo como ariete contra el rival de turno. Una bajada como ésta no garantiza una inversión de la curva de la caída del empleo pero no cabe duda de que supone un alivio y un indicio nada despreciables. ¿O hubiera sido igual menos 60.000 que más 60.000? El interés político suele ser ciego pero la doliente realidad le exige en estos momentos aparcar los intereses espurios. Lo que ha ocurrido en diciembre ha sido bueno y significativo por muchas revueltas que aún nos aguarden en el camino.

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