Cuando el alcalde casi perpetuo de Huelva, Pedro Rodríguez, echó mano al bastón de mando, recuerdo haber tenido con él una conversación sobre la necesidad de abandonar los dos recelos provincianos que gravitaban sobre nuestra provincia: el de los pueblos contra la capital y el de la capital frente a Sevilla. Casi un cuarto de siglo después, ese alcalde, que ha transformado la ciudad, ha logrado también dos cosas: la primera, lo que ambos llamamos “la capitalización de la provincia”, un fenómeno visible favorecido por la revolución demográfica que supuso la inclusión masiva de trabajadores del Polo en el padrón capitalino; y la segunda, la de silenciar con constancia el añejo recelo frente a Sevilla, hoy apenas sostenido por los integristas más irremediables. Ha habido problemas, eso sí, que agravaron los viejos tópicos –como la ocurrencia de Correos, en tiempos de la Expo 92, de editar un sello en el que se representaba la singladura colombina arrancando del Guadalquivir, y que hubo de ser cuerdamente retirado de la circulación–, pero no sólo en Huelva porque, como Antonio Burgos me recuerda, hay que fijarse en la que se armó cuando un suficiente incluyó entre las tapas sevillanas el salmorejo cordobés. Pero una cosa es que surjan conflictos despistados y otra muy diferente que los provoquen las primeras autoridades en un alarde de descuido indiscernible de la ignorancia. Zoido se ha retractado, y por escrito, de su salida de pata de banco, y con ese gesto noble puede que haya puesto fin al absurdo malentendido del que Burgos se carcajea sugiriendo posibles falsificaciones históricas para atribuir a Sevilla el acontecimiento de la manzana de Newton, la invención de la radio y hasta el principio de Arquímedes. Estas cosas tan serias no tienen mejor remedio que el humor.

Más de un tercio de siglo de autonomía no ha logrado en Andalucía reducir el recelo vetusto entre Málaga y Sevilla ni la broma chirigotera que en Cádiz explota tanto el antisevillanismo, como no han logrado acercar a Almería o integrar del todo a Granada más allá de la “corrección política”, lo cual es malo, por supuesto, como mala es siempre para el sosegado progreso de una comunidad la estampa goyesca de la riña a estacazo limpio, porque ése es un fracaso de la identidad real que compromete la viabilidad de la autonomía. Zoido debió medir bien sus palabras e hizo bien en desdecirse. Cuanto antes nos quitemos la zamarra palurda mejor para todos.

3 Comentarios

  1. Unamuno dijo que en España, más que lucha de clases, había guerra de tribus. La aldea contra el pueblo, el pueblo contra la capital, ésta contra la cabeza de región y, en fin, las regiones, contra este Madrid que todo lo aguanta e integra. No me extraña lo de Huelva, lo que me sorprende es que todo un alcalde de Sevilla sea tan ignorante.

  2. Siendo de un pueblo huelvano, solo comparto hoy parcialmente la tesis del Anfitrión. En una infancia anterior a los sesenta, que trajeron el Polo y el nuevo Puerto, a Huelva solo se iba a asuntos oficiales o a los médicos del seguro, al Agromán. Porque para comprar unos zapatos o a la consulta de un médico de pago, se iba a Sevilla. Por la sencilla razón de la ley de la gravedad: Sevilla era el planeta importante y la vieja Onuba era solo su satélite.

    Por otra parte, incluso antes de ser Sevilla la capital de ese monstruíto llamado Comunidad Autónoma, la no menos vieja Híspalis siempre tuvo un reconocido afán imperialista de apropiarse del máximo de territorios adyacentes. Los sevillíes ocupaban y colonizaban enclaves tan huelvanos como las playas, desde Ayamonte a Malandar, o el Rocío. Colonización que por cierto no era tan mal vista por los colonizados.

    No creo mucho tampoco en la aversión de la capital onubense hacia Sevilla. Se produce a mi juicio más bien una especie de emulación infantil como la del hermano pequeño que aspira a tener la estatura y la fuerza del primogénito. Baste el espectáculo de la llamada semana santa, en que una proliferación reciente de cofradías y unos modos muy imitativos, hacen de la celebración onubense un modesto calco del capillismo sevillí.

    Otra cosa distinta es Málaga, donde he vivido también un buen puñado de años. La también muy antigua MLK sí cultiva una especie de odio cartaginés hacia la metrópolis de la CAutónoma. Se ve con categoría y fuerza económica suficiente para ser considerada como igual, si no mejor, que Sevilla a la que acusa de centralismo -no le falta bastante razón- y de vivir parasitariamente de la burocracia que la capitalidad comporta.

    Por otra parte no falta en Málaga un comando mediático que azuza el antisevillanismo. No duda en dar relieve a ciertos aspectos que tienen mucho de verdad: al Canaliyo, canal sur osea, le llaman tele Sevilla, por poner un ejemplo.

    Además es un hecho de fácil demostración que existe una Andalucía oriental, cuya capitalidad se disputan Málaga y Granada -esta de forma más desganada, por aquello de la ‘mala follá’- y otra occidental que no discute la capitalidad sevillana.

    Aún me quedan más argumentos que exponer -en el examen oral me ha salido la bola del tema que me sé al dedillo- pero creo haber sobrepasado el tiempo y la paciencia de quien haya llegado hasta aquí leyendo.

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