No hay duda de que el “proceso constituyente” anunciado en el Congreso, como quien no quiere la cosa, por el ministro de Justicia, no fue el producto de un lapsus, como luego ha tratado de despistar el Gobierno, sino la explicitación del designio premeditado de liquidar el régimen constitucional heredado de la Transición. Si algo pudo sorprender en esa jornada parlamentaria sería el despiste de una Oposición que ni se inmutó ante lo que no fue más que el anuncio de un plan político que no pretende no reformar la Carta Magna sino imponer una nueva, acorde con los designios de este Gobierno extremista. Cuando Iglesias hablaba del “asalto al cielo” no entretenía una metáfora sino que rumiaba una inverosímil maniobra que la ambición de un PSOE desnaturalizado ha hecho posible y que, a la vista está, se inserta ya en un proyecto gubernamental. Si el montaje “alternativo” de la Puerta del Sol vino a ser una repetición de los disturbios del julio revolucionario francés, la inaudita revelación del ministro parece anunciar, por eso mismo, el asalto a la Bastilla.

La verdad es que había que ser ciego para no presentir ese plan en la crónica de estos dos años aciagos en que se ha quebrado de hecho la unidad nacional, hemos visto cuajar el panfleto antimonárquico y, se ha abierto camino, aprovechando el silencioso desarme del confinamiento, un Gobierno inexperto que ha logrado embolismar tanto a la opinión pública como a la gestión política. Descubrir el juego como acaba de hacer el ministro demuestra que aquel sanchismo que llegó al poder con la promesa firme de no ser más que el gestor de un cambio, era en realidad, un movimiento subrepticiamente confabulado con la externa izquierda, los sediciosos regionalistas y los herederos del terrorismo etarra. Hay que reconocer la astucia de esos aventureros tanto como la inopia de sus opositores y las inconcebibles tragaderas del más candoroso electorado.

No nos engañemos: Sánchez ha fraguado un monstruo político con el que no piensa en reformar este caos sino en mantenerse en el poder, sustituyendo el orden constitucional vigente por otro que autorice un nuevo modelo territorial y un patrón social inspirado en el bolivariano que profesa su socio principal. Contra todo pronóstico, lo que aquel “Gobierno bonito” traía en cartera no era sino la conquista del Estado con todas sus consecuencias. Tiempo tendrá ese electorado para lamentarse cuando ya el monumento español no sea más que un solar. Aquí está haciendo falta no un Soboul sino un Furet para echar una mirada sobre nosotros mismos desde lo alto de esa guillotina que  tanto embelesa a algún Robespierre de pacotilla.

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