Nadie sabe a ciencia cierta dónde estuvo ni que hizo Bin Laden desde que se produjo el atentado de las Torres Gemelas en 2001 hasta que un comando americano lo eliminó por las bravas en Aboottabad,  en mayo del 2011. Ni se sabrá, probablemente, porque no iba a ser él la excepción en esa regla del héroe mítico que es el misterio. Lo que parece cierto es que, durante esa temporada, Bin Laden no estuvo donde fue buscado –en las montañas afganas—sino acogido en sedes diferentes dentro del territorio paquistaní, pocas dudas caben de que a la sombra de complicidades de alto nivel. Pero ahora, la más joven de sus tres esposas, ha roto su silencio para contar al detalle las circunstancias de su clandestinidad, ofreciendo la crónica no poco mítica del héroe escondido que, no obstante, conserva su lado humano hasta el punto de engendrar cuatro hijos y redondear con ellos la veintena. Las otras dos callan, pero un general paquistaní, Shaukat  Qadir, encargado de investigar a fondo el caso, propugna ahora la tesis de que fue una de ellas, la celosísima Khairia, la que se dejó guiar por Al Qaeda para facilitar a sus perseguidores americanos la pista decisiva. No es descartable que lo que pretenda esta versión sea descargar de toda culpa a la autoridad paquistaní –a la que Leon Panneta, el ministro yanqui, acusa sin pruebas pero con evidente razón–, pero tampoco cabe dudar de que la leyenda está bien traída. Bin Laden habría perdido parcial o totalmente el juicio, al parecer, y sufriría delirios frecuentes con caprichos como el de apoderarse de una central nuclear del país en que se hallaba refugiado, lo que sugiere la posibilidad de que Al Zawahiri, su segundo, decidiera liquidarlo con la complicidad de la celosa. No hay cosa más parecida a la realidad que la leyenda, está visto y demostrado. El informe del general nos reafirma en esa idea que ya tenía clara Sthendal cuando habló de la novela como un espejo a lo largo de un camino.

Los magnicidios nunca se aclaran del todo, como ha podido comprobar mi amigo José María Fontana, a pesar del zarandeo que acaba de darle al que acabó con el general Prim, y como bien sabemos los que, por razones de edad, pudimos seguir con atención el mayúsculo embrollo del complot contra Kennedy urdido por la comisión Warren y al que contribuiría luego –ya sin distinguir entre novela y realidad—Norman Mailer en su monumental estudio sobre Oswald. Tampoco nosotros sabremos nunca quién mató de verdad a Carrero y los hechos prueban que, en fin de cuentas, da lo mismo con tal de quede en el aire un girón de bruma. La Historia es básicamente conjetural. A los hechos me remito.

4 Comentarios

  1. Hombre es que no es cosa de fiarse de una mujer polígama (ni de las monógamas, en fin) y menos de un lugarteniente, Lo que yo no sé es de dónde se saca usted estas historias tan documentadas y precisas, que yo al menos no encuentro en la prensa no veo en la tele.

  2. EStas cosas se prestan a la leyenda, la esposa infiel por celosa, el segundón traidor por ambición… Cualquiera sabe qué fue lo pasó de verdad. Por mi parte debo decir con la mano en el corazón que, lamentando el hecho brutal, no puedolamentar la desaparición de ese loco peligroso.

  3. Los tiranos sobran. Es duro, pero hay que mantener ese principio si queremos vivir en paz. También ha habido lío con el cadáver de Ben Laden que parece ser que no fue arrojado al mar sino llevado a una morgue yanqui. Total…

  4. Con resistencia moral admito que apruebo lo que se hizo. Con esta gente no hay otro modo de actuar. Andarse con remilgos ante ellos es jugarse la vida.

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