Una periodista de este diario, Mónica Bernabé, que lleva en Afganistán desde el año 2.000, acaba de presentar un libro que, por lo que se nos ha adelantado, debe de ser apasionante. Nadie es capaz de entender, a estas alturas, el sentido de esa guerra que fue, en su origen, una reacción visceral frente al 11-S, no poco justificada, es verdad, por haberse convertido aquel avispero en escuela de terroristas, pero, sobre todo, nadie sabe hoy por hoy cómo ponerle fin al conflicto. Mónica sostiene que no es real la película de que Afganistán, una vez retiradas las tropas de ocupación, podría ser un país viable, y menos aún que un Afganistán autónomo pueda recuperar la normalidad política puesto que el socio con que se han aliado los países intervinientes son “señores de la guerra” reconocidos como criminales por el grantestigo de la tragedia, el pueblo. El periódico Time, por su parte, acaba de publicar un dato terrible que se refiera ya a la guerra misma o, mejor, a los guerreros en ella implicados, y es una estadística facilitada por el propio Pentágono según la cual el índice de suicidios ha aumentado de tal manera que, en los cinco primeros meses de este año, se ha registrado entre las tropas americanas  un suicidio diario, un hecho que es interpretado sobre el terreno, más que como la consecuencia de la lucha misma, como el efecto de la retirada militar y de la consiguiente “rentrée” en un país que considera impopular que, muy probablemente –y aunque por motivos diferentes a lo que ya ocurriera a los ex-combatientes de Vietnam—que no valore y acaso ni siquiera comprenda la odisea vivida por los expedicionarios. Ahí tienen otra guerra frustrada, al menos ante la estimativa pública, que explica el creciente cuestionamiento del mismísimo derecho de intervención, como se está comprobando esta temporada frente al insensato e inhumano desafío de el-Assad en Siria. Acaso el fracaso se deba a la escasa o mala definición del conflicto mismo. Cicerón decía que para embarcarse en una guerra resultaba imprescindible garantizar que con ella se buscaba solamente la paz.

 

Si el antimilitarismo es ingenuo, cada guerra pone más en evidencia la inevitabilidad del fracaso. Jamás ha habido una guerra buena ni una mala paz, venía a decir Benjamín Franklin, y es sobre ese movedizo dilema donde hay que moverse para comprender por qué las grandes potencias fracasan una y otra vez al enfrentarse, no a los enemigos ciertos y definidos, sino, en definitiva, a los pueblos. Dice nuestra enviada que el problema no son los burkas sino el mal entendimiento de la realidad del país. Esa explosión de suicidios parece confirmarlo.

3 Comentarios

  1. Buen comentario. No saben cómo salir de donde se metieron. No es la primera vez ni probablemente será la última.

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