La ciudad alegre y confiada ha salido en tromba de la cueva a la calle. Se ven mascarillas, es cierto, pero ahí están también los olvidados atascos y la imagen de la sombrilla en las playas parceladas, sin que la Autoridad (es un decir) deje de advertir que el virus sigue entre nosotros, tan pichi, acechando la ocasión: ya vendrá el otoño. Todo es provisional en esta hora desconcertada: la cháchara reglada en la barra del bar, el apogeo del metacrilato, el consejo de circular por la derecha (es otro decir), la encerrona de los “ertes”, el nuevo millón de parados, el desplome (porque se trata de un desplome, no de una bajada) del PIB… Y a eso le llama “nueva normalidad” el (des)Gobierno más anormal y trapacero de que haya memoria frente una Oposición que no se entera. En medio del planeta castigado, España es, sin duda, el epicentro de la tragedia.

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