Me lo contó en plena mocedad mi resignado profesor de matemáticas. En una noche de calor insólito allá en sus latitudes, un severo dolor de muelas despertó a Descartes. Cuentan que el filósofo revolvió la estancia y echó mano de cuantos remedios caseros pudo encontrar, incluido el misterioso láudano que guardaba en un escondite de su escritorio, sin lograr alivio alguno. El sufrimiento llegó a hacerse extremo antes de que su instinto de víctima lo llevará a recorrer alucinado, en busca de la posible distracción, las inagotables canteras del saber acumulado en su memoria –vastas series de cifras, complejas perspectivas ópticas, sofismas sutiles– que revisó sin éxito antes de que, por fin, una vieja cuestión no resuelta se plantara ante sus ojos exhibiendo, perpleja y espontánea, su propia solución. El filósofo se precipitó entonces a detallar atropelladamente su hallazgo, dicen que hasta advertir, de pronto, que su dolor había desaparecido y comprobar entusiasmado, ya fuera de la casa, que en el cielo nocturno brillaba indiferente la legión de los astros.

Nunca comprobé la historicidad de la anécdota, pero un día, en pleno boom del irracionalismo postomoderno, tropecé con una frase de Milan Kundera en la que afirmaba que Descartes, al formular su imperecedero “cogito ergo sum”, menospreciaba paladinamente el dolor de muelas (sic) ya que, en su postomoderna opinión, mucho más ilustrativo hubiera sido apelar a los sentidos frente a la razón para modificar el viejo postulado hasta convertirlo en “siento, luego existo”. ¡Mala estrella la del “cogito”! Pero hay que convenir que su reiterado cuestionamiento acaso no sea sino una venganza poética del propio san Agustín, que fue el verdadero padre de la criatura, y sin olvidar al maestro Gómez Pereira que también adelantó ese talismán gnoseológico a mediados del XVI en su “De inmortalitate animae”, cuya lectura, con la que está cayendo esta temporada , no seré yo quien les rencomiende.

Tal vez lo que mi cándido profesor buscaba con su cuento no era más que instruirme en la idea de que abismarse en el trabajo resultaba un estímulo tan potente que era capaz de ahogar hasta el dolor más fiero, pero les confieso que durante toda mi vida he conservado las imágenes originales que de la escena cartesiana se grabaron entonces en mi duramadre y que aún hoy siego viendo al insigne filósofo con su negra indumentaria –mi maestro Maravall recordaba que con ella no hacía más que seguir la moda escurialense que el Rey Prudente impuso en más de media Europa–, cavilando entre papeles o abismado en el misterio. En estas mismas noches tropicales y tan poco shakespearianas que estamos soportando quizá hemos tratado algunos de huir de la ferocidad del implacable meteoro con escaso éxito por no decir que con un completo fracaso. Las fábulas son para contadas, desde luego, y no suelen sufrir verificaciones empíricas. Cuando escribo estas líneas, ya en pleno madrugón, compruebo que el termómetro se mantiene terne por encima de lo que mis amigos nórdicos estarían dispuestos a creer si ingenuamente yo se lo contará.

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