Pocas cosas tan expresivas de la pérdida del prestigio exterior de España como la sonora bofetada que, sin mayores explicaciones, le han dado a Sánchez al dejarlo fuera de algo tan crucial como el encuentro de los líderes europeos presidido por Biden para tratar de la crisis de Crimea. Que no se te pare un momento el César cuando lo abordas mendicante en un pasillo, tiene un pase, pero que te excluya cuando convoca para coordinarse ante la nueva Guerra Fría, supone una rotunda demostración de desdén como hace tiempo que no recibía eso que aún sigue llamándose “reino de España”.

¿Y qué cabía esperar de este gobiernillo demediado que, desde su tortuosa arquitectura ideológica, lo mismo compincha con Venezuela que elogia al “leninismo amable? ¿Iban a contar en ese trascendental encuentro con un presidente maniatado por sus socios antisistema y que envía soldados, aviones y buques de guerra a la zona de conflicto mientras calla cuando sus ministros propagan haciendo coro la consigna del “No a la guerra”? La foto de Aznar echando los pies por alto en el rancho de Bush resulta todo lo impropia que se quiera, pero entre ella y el portazo que le han dado a Sánchez media la misma distancia que la que separa el prestigio de la insignificancia. Como Zapatero, Sánchez puede quedarse sentado al paso de la bandera americana, si le place, pero entre uno y otro han conseguido que España haya pasado en el exterior, de figurar como un socio de confianza a verse arrinconada en una segunda o tercera categoría.

A ver con qué cara se presenta y ejerce de anfitrión –allá por los idus de junio– en la cumbre de la OTAN que nos corresponde organizar como miembro suyo que somos, presidiendo un Gobierno cuya mitad díscola se declara más cerca de Putin que otra cosa. Todo indica que aparecerá como el monago turiferario en una pontifical, como el “sobresaliente” en un “mano a mano” de fuste, o como un líder de pacotilla sostenido en vilo, no por una coalición sino por una rebujina de radicales de oficio.

Esperar que Biden o la OTAN le dieran su confianza sería ilusorio. Uno y otra conocen al dedillo la situación que se vive en España y saben de sobra que ese presidente es rehén impotente de quienes le sostienen la peana. Sánchez andaba mejor orientado cuando aseguraba que el pacto de Gobierno con esa patulea le quitaba el sueño que tras su decisión de comprar el cargo a toda costa. No tienen más que ver cómo lo ignoran –y con él a España—quienes tienen el poder de verdad.

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