No se puede negar que el clamoroso fracaso del Estado está imponiendo en nuestras sociedades –¡ya hasta en la guerra!– la seguridad privada. Pero una cosa es admitir el vigilante autorizado y otra muy distinta sacar de entre el alcanfor la peligrosa idea del somatén, es decir, de la policía privada, como al parecer podrían estar pensando algunos afectados por la ola de robos en La Dehesa aljaraqueña con los que, evidentemente, la subdelegación del Gobierno no puede. Diez asaltos en veinte días mal contados constituyen una situación intolerable que descubre la impotencia o incapacidad de ese organismo para garantizar nada menos que la seguridad ciudadana. Sería una temeridad que ese somatén llegara a patrullar por La Dehesa. Pero dejar que los bandidos campen por sus respetos entre su vecindario es una responsabilidad que corresponde por entero al Gobierno.

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