Lo que más me ha llamado la atención en el dossier que he logrado reunir sobre el canallesco asunto de los niños de la guerra somalíes, es el reconocimiento por parte de los Estados Unidos de que, en efecto, son ellos, la gran potencia democrática del planeta, quienes aportan a la caótica dirigencia de ese pueblo torturado el dinero preciso para pagar esa intervención infantil. No sabe el contribuyente que sus dólares están siendo utilizados por el Gobierno para financiar una de las operaciones más infames de cuantas deberían avergonzarnos, pero tanto la ONU como la Unicef son plenamente conscientes de que la desconcertante autoridad  nacional se dedica en aquel país –que es la pieza clave de la estrategia yanqui en la zona del Cuerno de África—a reclutar en los improvisados campos de fútbol y otros enclaves niños que son armados y adiestrados para la guerra, en edades que llegan hasta los 9 años. La imagen de un niño-soldado campando por sus respetos en Mogadiscio, portando en bandolera el kalachnikov que a duras penas pueden sostener, se ha convertido en un lugar común, pero ahora sabemos, además, porque lo han certificado esas organizaciones internacionales, que los dos únicos países que no han suscrito la convención de los derechos del niño que expresamente prohíbe involucrar a los menores en la guerra, son los EEUU y la propia Somalia. Ya me dirán cómo la gran democracia americana puede mantener dos guerras abiertas en defensa de los derechos y sostener, al mismo tiempo, estas prácticas que no son sino crímenes de lesa humanidad.

 

África es un hervidero de niños desarraigados, huérfanos en gran mayoría, enfermos por lo general, mal nutridos, jamás escolarizados pero entrenados –también, ay, por instructores americanos—en el arte de matar. Los hay en Somalia pero también en Uganda, en el Congo, en Etiopía, en todas las zonas, en fin, que han padecido el azote de los conflictos bélicos, con la silente anuencia de los países occidentales y, como va dicho, con la implicación directa de la primera potencia. Los testigos hablan de un enjambre aterrador de alevines mugrientos, enganchados a la droga e investido de las mismas prerrogativas de cualquier soldado en esas circunstancias, es decir, de una temeraria licencia para matar cuyo envés, naturalmente, es el riesgo de morir. A los 13 años, a los 11, a los 9, precozmente incorporados al ámbito del mal, definitivamente excluidos de cualquier esperanza de futuro. No se conoce con exactitud su número. Sólo que el ejército los enrola sin problemas y que los americanos pagan la cuenta. Con el visto bueno de Obama, claro, y ante la inhibición del mundo.

3 Comentarios

  1. Aunque el calor ahuyente al personal, quede ahí el testimonio de nuestra gratitud al autor por fijarse uan vez más en estos asuntos que, por lo que se ve, interesan menos que otros.

  2. No es que interesen poco, queridas mias, es que dejan sin palabras.

    El flamante Nobel de la Paz podría y debería tomar una iniciativa semejante a la de Guantánamo pero con más diligencia y eficacia.

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