Haría falta, mucha falta, un mapa, una estadística de la experimentación científica con humanos, un relato fiel de sus circunstancias, un informe oficial sobre su actual deslocalización, es decir, su anclaje en las sociedades multitudinarias y pobres. Tradicionalmente ha habido diversos métodos de experimentación, incluyendo el de la cobaya voluntaria reclutada entre los presos más desesperanzados o entre los soldados profesionales, de la misma manera que se ha convertido en tradición la compra de sangre a gentes necesitadas o incluso la de órganos vitales cuando el bandidaje no ha resuelto esa demanda. El paso de la experimentación animal –ahora también cuestionada desde diversos sectores de opinión—a la humana ha venido resolviéndose en el mercado y de acuerdo a las leyes del mercado, pero ahora parece que una imparable tendencia lleva a los laboratorios a encomendar esa tarea a sus científicos destacados en países pobres y sobrepoblados en los que resulta sumamente fácil hacerse con un bebé, en especial si está enfermo. En la India, por ejemplo, donde acaba de descubrirse que destacadísimos laboratorios emplean esta práctica canalla cuyo resultado, según una encuesta que revela el “Times of India”, se concreta, de momento, en el escalofriante resultado de medio centenar de criaturas muertas en grandes hospitales tras haber sido sometidas a esos tratamientos de prueba. Eso sí, faltaría más, esos niños fallecidos estaban ya gravemente enfermos, igual de enfermos que sus pares de Occidentes pero en India, donde los costes del ensayo resultan entre un 40 y un 60 por ciento más baratos que en nuestro paraíso feliz. Familias pobres y analfabetas habrían sido convencidas para ceder sus hijos gratuitamente a esos ‘generosos’ hospitales en los que harían el peligroso papel de cobayas. Un 1’20 por ciento de ellos moriría. Del resto, Dios dirá.

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Grave problema el de la experimentación de los nuevos remedios pero, insisto, un problema que sigue resolviéndose, como siempre, en el mercado y con sus leyes más feroces, lo cual no debe extrañar en un mundo que conoce de sobra el comercio de órganos que se traen entre manos las mafias de países subdesarrollados, suministradoras de córneas, riñones y otras vísceras sanas de niños pobres raptados por las bravas,  al lejano receptor acaudalado. Marcas de prestigio mundial se prestan a estas infamias de modo habitual, indiferentes a la tragedia que implica ese alto índice de mortalidad tanto como a los futuros efectos de esos tests, inaceptables y, por supuesto, no permitidos legalmente en el mundo desarrollado, y todo lo más sacan luego a un portavoz para que sugiera que cualquiera ha podido utilizar su droga sin su consentimiento o autorización. Siempre habrá países multitudinarios y hambrientos que estén en disposición de entregar sus hijos enfermos (aunque esta condición no sea imprescindible, claro) a esa ciencia occidental que les promete salud para acabar arrancándoles la vida. ¡49 niños cobayas muertos sin salir de un gran hospital, internados con todas las de la ley! Pues eso no es nada, por lo visto, sino todo lo más un indicio de lo que está ocurriendo en ese nivel de actuación, a saber, todo “un boom de la deslocalización de ensayos clínicos de medicamentos de la industria farmacéutica mundial”, que ha encontrado en esos desdichados países la solución a las trabas que en el área “civilizada” aumentan cada día por exigencia de ciertos pruritos humanistas. Es imprescindible, como decíamos, al menos moralmente, un mapa real de esos experimentos que apuntan embozadamente a convertir el tercer Mundo en una gigantesca isla del ‘doctor Moreau’. La vida, la salud, se siguen alimentado de la vida y de la salud, como una procesionaria en régimen brutalmente clasista.

2 Comentarios

  1. Pues sí mi D. JA, no se acuerda cuando el Mr. Fiennes, ingenuo y soso barón (prota de la reciente película de Meirelles basada en el libro de Le Carré) pregunta del por qué las farmacéuticas experimentan directamente con humanos lo que le espetan: “es más fácil corregir que prevenir, además así nos adelantamos a la competencia”. Pura ley del Mercado, desaparece la relación personal y los seres humanos pasamos a ser una mercancía más de la que se aprovecha todo. Desde el nacimiento hasta su muerte, y aún después (o no se sigue pagando por los que se fueron) del cochino hasta la pezuña (trabajo, salud, ocio, memoria, pasado, presente y futuro). La procesionaria se extiende porque ya casi no quedan carboneros ni herrerillos que se las coman, hace tiempo que nos encargamos de romper el equilibrio natural por el diseño de nuestro “parque humano”, donde no nos engañemos: unos tienen carné de socio, otros son el servicio y los últimos hasta carne de la despensa. Para despertar al Jardinero Fiel hay que ser consciente de la globalidad del problema.
    Saludos, o sea salud para todos, que ya nos vale.

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