No vivimos un buen momento político. Ni en España ni fuera de España. Que me perdonen los defensores de Trump, pero no soy capaz de dormir tranquilo mientras ese magnate anda por ahí con el maletín nuclear y en nuestra vecindad asistimos a la inconcebible escena de la negociación de los Presupuestos nacionales, al margen del Gobierno, entre un confesado antisistema y un preso por presunta rebelión. Se me ha reprochado, lo sé, el haber declarado aquí mismo mi preferencia por el viejo liderato –me había referido al de los años de la postguerra europea— a propósito de cierto debate planteado por Raymond Aron en los primeros 60, como si no resultara evidente la sideral distancia que separa a aquellos prohombres de los figurines actuales. Toda comparación es en principio problemática, lo sé también, pero ¿acaso habrá quien vacile al elegir entre un Kennedy y un Trump, un Churchill y una señora May, un De Gaulle y un Macron o un De Gasperi y un Berlusconi o un Salvini? La decadencia del liderato es un hecho incontrovertible que si entre nosotros, en España, es fácilmente constatable a nivel nacional, para qué hablar si reducimos el objetivo a la realidad autonómica.
La diferencia de tallas personales entre esos líderes y sus antecesores explica, por otra parte, como no podía ser de otra manera, la trivialización del perfil medio de la tropa que hoy se dedica a la política. Kennedy se rodeaba de prendas como Henry Kissinger o Arthur Schlesinger, y De Gaulle encomendaba la cultura –¡y hasta la seguridad nacional!– a personajes como Malraux, lejanos ya unos y otros del precepto platónico que recomendaba expulsar a los poetas de la República. ¡Incluso Franco entendió las ventajas que suponía atraer a Burgos la crema de aquella generación intelectual! Hoy cualquier gesto de esa índole resultaría sospechoso y, por descontado, la pelambre populista lo calificaría de “reaccionario”.
Y es cierto que el disparate alcanza cotas inimaginables en el ámbito más íntimo –y, por lo mismo, más propicio al caciquismo– de las autonomías, pero lo que puede comprobarse en el estatal no le va a la zaga. ¿Se han parado a comparar a la actual ministra de Hacienda con los personajes que la precedieron en el cargo? ¿Se imaginan a Fuentes Quintana o a Añoveros, a Abril Martorell o a Solchaga declarando como ella, en un canutazo, que “¡1.200 millones (de euros) es poco, (porque) eso lo pones o lo quitas…!”? ¿Quién en la vieja “nomenklatura” hubiera proclamado, como hizo la actual Vicepresidenta, que “el dinero público no es de nadie”? Dicen que la Historia es un subibaja y que no hay mal que cien años dure. Con esa esperanza dejamos aquí un tema que es seguramente la clave de la explicable obsolescencia de las democracias actuales.

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