Es frecuente en las dictaduras la ocultación de la muerte del líder. Aquí mismo hablábamos el otro día de cómo Serrano –“el general bonito”—se las habría aviado para ocultar la de Prim, según la extravagante hipótesis de unos espontáneos, para dar tiempo a una sucesión proyectada. La versión generalizada de que la muerte de Franco fue ocultado por la familia y el entorno de Arias no hay ya, probablemente, quien la eche abajo, entre otras cosas porque resulta lógica esa desconcertada reacción de unos “huérfanos” que no las tenían todas consigo sobre el provenir del Régimen. Muy llamativo fue también el largo silencio de Mao y la “banda de los cuatro” sobre la muerte en prisión del influyente líder Lin Shaoqui, oculta hasta la muerte del “Gran Líder”. Y en ello andan empeñados ahora en el pretorio cubano y sus aliados, como acabamos de ver en esa fotografía de Fidel que un mandado de Chávez ha mostrado en público para convencer al personal de que el muerto o medio muerto está vivo y bien vivo, a pesar de que lo lógico es deducir de esas manifestaciones lo contrario, a saber, que mal debe de andar la cosa cuando tanto esfuerzo se gasta en probar lo contrario. Del mismo Chávez, en caso de que su cáncer vaya a peor (no lo permita Dios), hemos de ver antes que tarde fotos demostrativas de su excelente forma. Es el punto flaco de las tiranías: la personalización del Poder en el tirano, hasta el punto de que hay que ocultar su fallecimiento con objeto de ganar tiempo y explorar la salida. A mí, esa fotografía de un Castro decrépito en un estado de visible debilidad senil, me ha provocado una cierta compasión, no tanto por él, sino por todos los “imprescindibles” a los que se ha robado la paz de sus amenes para que el champán de los adversarios se enfríe a fondo en el frigo.

El poder personal, que en vida te lo da y permite todo, ante la muerte te niega hasta ese mínimo derecho a palmarla que tiene todo ser humano, incluidos los sátrapas, por el hecho de serlo. Es como la implacable factura que la vida pública le pasa el detentador, una figura casi inevitablemente solitaria y omnímoda pero secuestrada, quieras que no, en el círculo agobiante de sus edecanes. Castro debe de estar más para allá que para acá cuando sus cortesanos se desviven enseñando en público su inverosímil frescura. Es el precio de que han de pagar esos regímenes que, en el fondo, no son más que la leyenda de su titular.

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