Uno no suele acordarse, a pocos años que pasen, de las crisis terribles ocurridas en países ajenos. Sobre Brasil, por ejemplo, ¿cuánta gente se acuerda hoy de los desmanes cometidos por la dictadura entre los años 64 y 85? Muy poca, seguramente, aunque quizá alguna más en aquel país, en el que funciona en estos momentos una Comisión Nacional de la Verdad que trata de poner en claro el negro panorama del régimen militar, esclareciendo responsabilidades ahora que están prescritas las fechorías. El coronel Paulo Magallàes, uno de los torturadores más acreditados de aquel mal momento, reconoció hace cosa de un mes ante esa Comisión no sólo haber torturado sino haber estado al tanto del secuestro y asesinato de un diputado, Rubens Riva, perpetrado en 1971, cargos que tal vez pudieran ser la causa de su muerte por asfixia ocurrida días después en su propio domicilio. En Brasil, en sus “medios”, se discute si esta probable venganza, tan explicable en términos humanos, puede resultar negativa en la medida en que podría impedir el testimonio de otros militares sospechosos o incluso convictos citados a declarar, dejando para siempre en la sombra los entresijos de aquella abominable conspiración, pero tampoco han faltado sectores que han aplaudido la ejecución del verdugo. Y se entiende, oigan, por más que nada pueda justificar la venganza de la parte ofendida en un Estado moderno, dado el número de criminales que anda por ahí suelto y la inepcia de las instancias penales que de vez en cuando se constituyen en tribunales para juzgar desmanes. Nadie puede tomarse la Justicia por su mano pero admitan conmigo en que hay situaciones en las que, si no justificación, esas eventuales compensaciones concitan cierta comprensión.

Cuando considero casos de venganza siempre se me oponen dos opiniones que nunca he olvidado y que citaré de memoria. La una de es de Poe, quien opinaba que nada hay tan dulce como la convicción de haber vengado una injusticia con la propia mano; la otra, mucho más sensata, de Pavese, y subrayaba el hecho de que vengar un oprobio supone privarse del derecho a clamar por la injusticia. No sé, francamente, pero a la vista de los Pinochet o los Videla, de los criminales de guerra serbios o bosnios, por no hablar más que de los recientes, lo cierto es que a uno se le queda estrecha ésa que llaman “justicia internacional”. No se sabe quién asfixió a este Malhaès. Lo que es seguro es que pocos lo lamentarán.

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