El presidente Lula da Silva ha recurrido para la curación de su cáncer de laringe a un curandero que, cerca de Brasilia, se ha convertido en una figura popular que recibe miles de ingenuos cada día en busca de su curación. El sanador se llama Joao de Deus, es adepto de una secta decimonónica que cuenta hoy en Brasil con tres millones de fieles, y realiza sus sesiones recibiendo mayestáticamente a sus clientes a los que luego interviene, sin anestesia ni asepsia alguna siquiera, armado de un bisturí, una tijeras y, en  muchos casos, con un simple cuchillo de cocina con el que acomete incluso intervenciones oftalmológicas cuyo éxito él atribuye al poder recibido de Dios y en modo alguno al mérito propio. A uno no le sorprende nada el caso si ha visto en Brasil alguna sesión de umbanda o se ha detenido en plena carretera a contemplar las ofrendas que la superstición hace a los espíritus que se suponen encarnados en determinados árboles y excuso decir si ha tenido ocasión de participar, aunque haya sido contemplativamente, en un aquelarre vudú. Y menos todavía si sabe que nuestros propios responsables últimos han sido fieles a esa ilusión, desde el Hitler que consultaba los arcanos para decidir sus estrategias a la crédula Nancy Reagan que metía a los brujos por la puerta de atrás de la Casa Blanca, pasando por las sesiones que es fama que los Perones se traían en su residencia madrileña de Puerta de Hierro y en las indefectiblemente actuaban de oficiantes la enigmática Isabelita y el calavera del brujo López Rega, el alma retorcida que inventó la Triple A. En todas las épocas los reyes y no menos los políticos de primer orden han confiado mucho en curanderos, alquimistas, augures y charlatanes, lo que no deja de constituir un severo elemento a la hora de cuestionar el propio montaje del Poder y tal vez también a la de entender a fondo no pocas providencias extravagantes de los poderosos. Lula, marxista y mágico, no es una excepción a la regla sino todo lo contrario.

La secularización progresiva de las sociedades postmodernas lubrica su incómoda estructura psíquica con este viejo bálsamo de la credulidad, no sólo por aquello de que el hombre es un animal mítico, como dijo Cassirer y sabía de sobra Lévi-Strauss, sino porque su mentalidad deriva de manera natural, como por una cómoda pendiente, hacia el misterio del que proviene. La credulidad es capaz de hacer milagros que la impostura no podría ni imaginar. A la hora del desamparo todo vale. “Credo quia absurdum”, creo porque es absurdo, se atribuye a san Agustín. No vamos a pedirle a Lula más coherencia que al genio de Tagaste.

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