La madre de un famoso asesino confeso –una gallega aturdida por el dolor— acaba de proclamar a los cuatro vientos que repudia a su hijo al que ha calificado desconsoladamente de monstruo. Y lo ha hecho tras cerrarse el broche de un año que ha registrado, sólo en España, más de medio centenar de mujeres sacrificadas por sus compañeros y no pocas monstruosidades perpetradas también contra las mujeres por mano de varón. Conviene repetir que esta lacra no es exclusiva de España, cuya tasa criminal registrada no llega ni a la mitad de la media europea y queda bien lejos de las de los países nórdicos o de la norteamericana (que la quintuplica), hecho desconcertante que suele explicarse con diversos argumentos, a mi entender, insuficientes. No es verdad que este mal resida en la condición humana: nunca se registraron tantos parricidios (actualmente prefieren llamarlos “feminicidios”) como ahora, y si alguien tiene duda que eche una mirada a las viejas estadísticas anuales publicadas por la Fiscalía para comprobar lo contrario. Esta infamia se produce sólo en el ámbito de la postmodernidad y es en ese ámbito en el que hay que buscar sus causas.

El varón mata hoy más que nunca a su mujer, a mi entender, por una razón estrictamente sociológica: el nuevo papel de la mujer en la sociedad, es decir, su emancipación, sobre todo laboral, que ha hecho añicos el modelo tradicional de la hembra doméstica, y en ese sentido, el inasumible coste de un cambio tan imprescindible ha de entenderse como la consecuencia de la incapacidad patriarcal para entender la igualdad de los sexos y, su corolario, la libertad e igualdad de sus funciones. El hecho de que tantos uxoricidas, más allá de su barbarie, se sacrifique a sí mismo tras liquidar a “su” mujer evidencia un grado de desesperación sólo comprensible desde su propia incapacidad psíquica de concebir su demencia como un crimen: quién se suicida tras sacrificar a su compañera está proclamando bárbaramente una ciega conciencia justiciera.

Habrá que esperar a que nuevas generaciones –hoy día, hasta las más jóvenes se confirman machistas— asuman un modelo social ontológicamente paritario, un mundo de varones y hembras libres e iguales cuyos roles sociales también lo sean. Porque estos monstruos son ciegos de nacimiento. Sólo una Humanidad madura abrirá los ojos a los machos ensanchando sus conciencias en la medida que exige el progreso humano. Y hasta ese momento no habrá medida que logre detener esta honda crisis por más que nos espante y rebele su manifiesta atrocidad.

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