Admito que la culpa es mía por leer (releer) a Steven Pinker, ese “científico cognitivo” atrincherado en Harvard que ha dado en la singular locura de proclamar –como el “Cándido” volteriano, o sea, como Leibniz— que este perro mundo, a pesar del pesimismo intelectual, es el mejor de los mundos posibles. ¿Tiene sentido sostener, como hace ese sabio, que si no vivimos en el mejor de los mundos, sí que hemos de admitir su mejora progresiva y la decadencia también progresiva de la violencia? No, desde luego, si me atengo a los titulares que estos últimos días me descubren, junto a bandas de bárbaros dedicados a torturar caballos o a parricidas armados de martillos, la imagen de policías machacando a muerte a un pringao indefenso, el notición de los venenos post-soviéticos de Putin o el siniestro lubricán proyectado por los incendios (provocados) en los cielos de California. Y menos si tenemos en cuenta el apocalipsis terrorista de Beirut o la incontenible sangría que padece el Yemen.

El caso es que, según mi librero, el éxito de Pinker sigue imparable, a pesar de que el fantasma del miedo recorre cada día más insolente nuestras sociedades en las que incluso se fantasea con la hipótesis de que la asoladora pandemia pudiera ser obra intencionada del gran país emergente al que compramos los remedios. ¿Por qué vendemos optimismo en pleno apocalipsis, qué lleva al lector incauto a reengancharse en el mito del progreso sólo porque la esperanza de vida se haya estirado al tiempo que ha encogido la marea demográfica? ¿Tendremos que reemprender el viaje de “Cándido” de la mano del doctor Pangloss para convencernos de que, más que un mundo feliz, este planeta tiene cada día más de “mondo cane”?

Varios ensayos han contribuido ya a la crítica de ese nuevo Leibniz, y entre ellos me detendré en el breve de Guillermo Altares para coincidir en que puede que sea admisible la tesis de que la crueldad sea más cuestionada en nuestro tiempo, pero sin olvidar que “cada generación produce sus monstruos”. No dudo que Bill Gates tendrá sus razones para considerar que alguna de esas obras pinkerianas sea el mejor libro que ha leído en su vida. Pero de ahí a decir que el 2017 fue ni más ni menos que el mejor año de la historia humana va un abismo que mi razón pascaliana no me permite salvar así como así. Está bien –siempre ha de estarlo, por supuesto– eso de ver las cosas a través del diamante rosicler de la Ilustración. Pero sin deslumbrarnos. Cualquier telediario avalará esta presunción.

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