Todo pronóstico pesimista se ha visto desbordado ante la inaudita y plebeya exhibición jergal de una ministra del Gobierno sin otro mérito que el derivado de su conyugalidad. Nunca en nuestra crónica política había retumbado la poco platónica caverna de la política española con conceptos tan zoquetes empedrando una alocución tan chabacana. Quizá no haya síntoma más expresivo de la actual decadencia de nuestra vida pública que el que ofrece –hay que decir que, a veces, con la aquiescencia de la propia RAE— el discurso de una generación absurdamente “empoderada” que, en su discurso papagayo, prodiga la “resiliencia” y exige sin cesar la “sostenibilidad” y la “inclusión”. Cuando alguien le pregunta a una ministra de las de hoy qué tal resultó la insensata “mani” del 8-M, tiembla el misterio al oírla –tras tratar por tres veces a su interlocutora con el apelativo lupanario de “tía”– fundar su éxito en el “mogollón de peña” que la secundó, dicho todo ello en el más puro estilo de la estólida jerigonza de la moda “cani”. No se trata de pedirle a esta “basca” que hable como Castelar, desde luego, pero tampoco de olvidar que la destrucción del lenguaje no es sino la consecuencia de la ruina mental de sus hablantes… ¡y de sus oyentes!

Lo que está ocurriendo en España en este periodo no había sucedido nunca. ¿Cuándo vimos a un Presidente plagiario, mendaz y nepotista pactar con los enemigos declarados y contumaces de la propia nación, del bracete con sediciosos y herederos del terror, al que amparan unos medios cómplices mientras desde otros se oye referirse a él escandalosamente como “ese tipo” o tildarle lisa y llanamente de chulo, mentiroso y vendepatrias? ¿Y cuándo padecimos un Gobierno en el que campan por sus respetos igual un vicepresidente antisistema que unos ministros insensatos capaces de descalificar los principales sectores de nuestra economía y de relacionar a la Guardia Civil con el golpismo aparte de expresarse en la germanía arrabalera de la botellona?

Tan grave es la crisis, que el hecho inusitado de recurrir ante el Gobierno en la vía penal se está convirtiendo en normal en una sociedad demediada en la que resuena indisimulado el eco de la sugestión guerracivilista. La indecente alianza de Sánchez con una heterogénea pero confesada antiEspaña  garantiza la legislatura, eso sí, al Gobierno con menos peso político de esta democracia en el que aquella ve la mejor garantía para sus designios. Quisimos a parecernos a Francia o a Alemania y hemos acabado retratándonos como el más despreciable mamarracho venezolano.

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