El nuevo director del Festival de Cine Iberoamericano, Eduardo Trías, ha desembarcado en la capital con el mensaje de que aspira a conseguir un “nuevo modelo profesional y mediático” del viejo certamen, ya que el antiguo le resulta a él “muy comercial y mercantil”. Para ello compromete un proyecto “con una impronta nueva y más marketing” al estilo de otros festivales entre los que no ha olvidado el de Málaga. Y con mucha razón, porque ahí tiene, bien cerca, un Festival que se supera a ojos vista y que crece cada año a pesar, incluso, del ninguneo a que, él sabrá por qué, lo somete el Ministerio. Está muy bien el nuevo plan –reconquistar a la capital, contar con los estudiantes universitarios, recuperar a los nostálgicos—y ahora sólo falta aplicarlo, más allá de las palabras, que es bien sabido que se lleva el viento. El Festival ha estado a pique de irse al garete tras un cuarto de siglo. Nombrado a dedo o paseado a hombros, quien vaya a dirigirlo desde ahora tiene a la vista muchos ejemplos de cómo se hace eso, y no pocos de lo que no se debe hacer.

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