Lo que ha ocurrido con la huelga de funcionarios no es ni más ni menos que el fracaso de los sindicatos. El principio del fin de un modelo tradicional que ya en los años 60 recomendaban rehacer los sociólogos de guardia. Antier no había más que mezclarse entre los manifestantes para comprobar dos cosas: una, el cabreo generalizado contra el poder político y el económico; otra, la distancia y el desdén por los propios sindicatos. Escucho que, dadas las circunstancias, tal vez lo más auténtico hubiera sido una deserción absoluta que permitiera ver en su dimensión real ese previsible fracaso de un sindicalismo verticalizado en el cuento del alfajor que llaman “concertación”, un mecanismo por entero ajeno a los trabajadores, que ha supuesto la burocratización y determinado un insostenible régimen de connivencia con el Poder político. Es decir, que no ya la proyectada huelga general, sino el propio sonajero de la representación suenan el día después casi sin sentido: los trabajadores han descubierto, al fin, que están solos frente al Mercado, que la representación es una comedia y que tendrán que elegir entre la sumisión definitiva o la reinvención de un nuevo modelo de defensa de sus intereses que, como acaba de demostrarse a lo largo de estos años, no es el de estos manijeros. Hasta ahora sabíamos que los sindicatos no controlaban a los currelantes en paro. Ahora sabemos que tampoco controlan a los empleados. ¿A quién representan entonces? La “sonrisa vertical” de estos concertadores se ha convertido en una mueca ante la evidencia de que es un sinsentido mantener con tantísimo dinero público estas maquinarias inútiles. Y ahora el tema es que, si quieren sobrevivir, ni pueden convocar la HG ni dejar de convocarla. Porque los trabajadores han comprobado el martes que están solos. Pero ellos también.

 

Da pena mirar hacia atrás, comprobar que cuando era tan difícil defender el trabajo con sentido realista resultaba más hacedero que hoy; da grima escuchar eslóganes tan manidos como ése del ogro ugetista que presta permanentemente coartada al Gobierno  amparado en la estrategia de “no hacer el juego al PP”; provoca tristeza ver el rostro desconcertado de Toxo desgranando en la tele su letanía minimalista. El PSOE ha rehecho con éxito el modelo vertical –Gobierno, sindicatos y patronos juntos y revueltos—garantizándose décadas de lo que llaman paz social pero arruinando, quién sabe si para siempre, lo que se creyó una conquista definitiva. Todo este tinglado está a punto de venirse abajo. Puede que los trabajadores tengan que arreglárselas solos, sin esos sindicatos que, en cualquier caso, nunca lo fueron más que de una exigua minoría.

18 Comentarios

  1. Hoy se ha despacho usted a gusto, amiguete, ¡y yo que lo recuerdo a usted sindicalizando en los Madriles de entonces! Lo comprendo muy bien. El tiempo que ha pasado no basta para explicarnos muchas de las defecciones ocurridas.

  2. Estos bien pagaos, como acertadamente los califica ja, desde su legalización sólo han defendido sus puestos de trabajo y su cuota de liberados. Su primera y pertinaz reivindicación fue la afiliación obligatoria durante muchos años.

    Desde aquellos tiempos post heroicos sólo valían para reclamaciones menores, como el plus de máquinas o la prioridad en el cuadro de vacaciones, y ay de aquel que les confiara la defensa de su empleo.
    También en las regulaciones de empleo ponían el cazo sin el menor pudor. Tengo guardada la página del diario financiero “El Economista” en donde se describe una regulación de empleo en Pegaso con detalle de lo cobrado por cada sindicato según su representación proporcional. Salían a cien mil pesetas por empleo perdido con su connivencia.

    Yo creo que las subvenciones crecientes que disfrutan se podrían calificar como de soborno institucional.

  3. Los sindicatos hicieron su papel en circunstancias difíciles, como sugiere jagm, y luego ha prestado servicios notables a la «paz social». El problema es el de su «institucionalización», porque una organización que pasa de revolucionaria a poder fáctico no es posible que no se ablande. ¿Qué tiene que ver un internacionalista de aquellos que recorrían las fábricas o los cortijos jugándose la vida con estos señores que cobran una pasta gansa al mes y tienen garantizado –como nadie– su puesto de trabajo?

  4. Estoy de acuerdo en que estos han «recuperado» blanqueandolo el invento fascista del sindicato vertical. Salvo que aquel era obligatorio, ne nada se diferebcia de estos «concertados». Deberían cambiarles sus sedes por el viejo edificio de Sindicatos de Solís en el Paseo del Prado. Así no habría confusiones.

  5. Lo malo de esta crisis de los msindicatos es que habrá que imaginar otro instrumento que impida esa soledad laboral de la que habla la columna, y si el anterior invento duró siglo y medio, el próximo pudiera tardar otro tanto en ser concebido. ¿Qué hacer mientras tanto? La responsabilidad de los sindicatos de izquierda sobre todo es grandísima, la de los partidos que han aprovechado su connivencia, igual por lo menos.

  6. Soy sindicalista, no me gusta lo que dice, pero debo aceptar su crítica porque no le falta razón en cuertas cosas. Muchos de mis compañeros lo toman a usted por derechista, otros sostienen que es una persona de izquierda disconforme con lon que hay. Yo no sé a que atenerme se lo digo de verdad, pero después de leerle a diario durante años siento que comparto la mayoría de sus críticas y opiniones. Me parece que adivino debajo de ellas a veces como un poso de amargura. Creo que eso le honra.

  7. Amén una vez más. ¿No fue ustd quien dijo alguna ocasión que los trabajadores de la administración tenían lo que se merecían? En esta ocasiónn, al no saber si hacer huelga o no, si quedarse todos en la oficina «contra» la traición y el doble juego sindical» o acudir en masa forzándolos seguramente a definirse contra el Gobierno que bienen apoyando contra viento y marea…, se han quedado solos efectivamente.

  8. Bien sé que no partes peras con nosotros los anarcos, como viejo comunista, eso nu se cura. Hoy te tengo que dar la razón a pesar de todo, aunque no enteramente. Tú sabes que nosotros no somos los culpables de la «concertación» con patronos y gobiernos, y creo que por eso deberías aclararlo cuando escribas de estas cosas. El martes te vi pasar en la manifestación que supongo que irías de «oyente» pues es tu papel. Me pereció que ibas triste. ¿Era así?

  9. De acuerdo en todo. Es más, dicen las malas lenguas que la huelga la han pactado los sindicatos con el Gobierno, para, ante su relativo fracaso, desactivar la anunciada huelga general. Yo ya de los sindicatos me lo creo todo. Además, entre los sueldos de los «liberados», las subvenciones y los pagos de cursos organizados por ellos (en muchos casos directamente falsos), nos salen por una pasta. ¿Ese gasto no está previsto recortarlo? Yo acabaría directamente con las subvenciones y con los liberados. El que quiera dedicarse al sindicato, que lo haga en su tiempo libre, y que la financiación provenga de sus afiliados exclusivamente.

  10. Pero sin olvidarse de los patronos, amigo Anónimo, que también nos salen por un pico. Hay que reconocer que el palo de hoy es grave pero me alegra ver que hay todavía personas que no se arredran a la hora de decir en público y con su nombre lo que crean justo y conveniente.

  11. Lo de la huelga como gesto pactado por los sindicatos consentidores, «si non è ver è ben trovato», creo que se escribe así. En el ministerio donde una trabaja no s eha notado pero nadie esperaba que fuera un éxito. Cuando los jefes están tan tranquilos y complacientes, por algo será.

  12. Si la columna se leyera hoy en centros de trabajo –como sin duda se habrá leído– no dude de que habrá cosechado ovaciones y, claro es, también broncas. Realmente no se puede vivir del pasado toda la vida y eso es lo que intentan estas empresas de empleo más-o-menos-temporal que son los sindicatos, muy especialmente los dos grandes, porque hay otros, más parecidos a gremios, a los que no llega la mano del Poder. Estas columnas son de las que no dan premios y sí quebraderos de cabeza. Se lo digo, querido, porque ya vamos teniendo una edad…

  13. Creo que la sociedad y las leyes han sobredimensionado el papel de los sindicatos hasta el hartazgo, y que de esta sobreprotección ha venido el abuso. Creo además que en muchos casos utilizan su papel de defensores de los derechos de los trabajadores (actividad dignísima y necesaria) como excusa para erigirse en mediadores necesarios, controlar movimientos «sociales», repartiendo consignas «ahora toca salir a la calle», «ahora toca guardar silencio».
    Nada de eso me parece correcto teniendo en cuenta que el grueso de sus ingresos provienen de las arcas públicas y la mayoría de sus actos están encaminados de forma partidista y sectaria.
    Por otra parte, la potestad que tienen de dispensar u organizar los «cursos de formación» los convierte poco menos que en vendedores de bulas, blindando las perspectivas de empleo y promoción de ciertos sujetos a base de cientos y cientos de horas en cursos fantasma.

    Creo que el juego democrático ganaría mucho si alguien se animase a desinflar un poco ese globo y poner a cada cual en su sitio.
    Saludos.

  14. Me temo, admirado y ecuánime don Rafa, que lo que se necesita es algo más que «desinflar un poco ese globo» aunque estoy muy de acuerdo en lo de «òner a cada cual en su sitio». Casi ná pide usía. Lo triste es que la situación de pie a que criterios progresistas tengan que asumir estas críticas sin las cuales no sabemos a donde llegaríamos. Eso del «ogro ugetista» que dice gm es irrebatible: un sindicato haceindo de palanganero de un Gobierno y de su partido no puede serbir libremente a los trabajadores, más bien todo lo contrario. Que es lo q

  15. Que es lo que ha ocurrido, incluso en esas CCOO que se han dejado arrastrar, hay que decir que muy cómodamente, durante todos estos años. Salud y trabajo.

  16. Se ve que el rechazo de los sindicatos actuales es generalizado. Personalmente diré que en la misma manifestación convocada por ellos y que fue un desastre más que relativo, no dejé de escuchar comentarios críticos y duros que los pobres sindicaleros que llevaban sus banderolas (pancartas había pocas, lo que no deja de ser significativo) tuvieron que aguantar con paciencia. De sobra saben ellos que el cabreo estaba justificado.

  17. El Antoñito Gutiérrez acabó en el Consejo de Estado, cosa que nunca soñó.
    El Fidalgo, ha acabado de contertulio en una emisora y está a la derecha del PP.
    En Espanya unicamente queda un sindicato DIGNO: LaCNT.
    Liberada de sus «posibilistas» que crearon la CGT, esa ideología puede que sea la única alternativa a tanta locura y cobardía ante el poder establecido.
    Claro que la clase obrera ha desaparecido como tal, y lo que queda es una masa humana de borregos sedados que balan detrás del Poder de turno. Incapaces de levantar cabeza, indignos para la lucha y la generosidad, una sociedad ciega y mansa es lo que el presente refleja.
    La violencia desenfrenada y ciega es lo que se espera en esta sociedad alienada y vasalla.

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