Ahora que se ha ido de este mundo, verán cómo todas las culpas posibles recaerán sobre él. El asombroso personaje que fue Guerrero “el de los ERE” se ha llevado con él la manta de la que, a pesar de tanto amago, nunca llegó a tirar, dejando tras de sí, una vez más, la resobada imagen del bandolerismo generoso, desprovista ya de su nimbo romántico. Mentía cuando afirmaba que él se limitó a obedecer –“Sí, bwana…”— mientras explotaba el antiguo modelo del benefactor que robaba en el llano para enriquecer a los suyos bajo el lema que deslumbró a Merimée: “El rey mandará en España, en la sierra mando yo”. ¡Siempre hubo ingenuos culpables! Gran sinvergüenza, él fue el penúltimo de ellos.

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