La muerte de Eric J. Hobsbawm ha resonado levemente por los ámbitos universitarios a pesar de haber sido el viejo maestro uno de los referentes de toda una generación, la del 68 para abreviar, ampliamente devota de la interpretación materialista, más concretamente marxista, de la vida social. Las cosas se olvidan con facilidad y ahora no resulta fácil recordar que, en aquellos años, esa doctrina prevalecía con fuerza en las universidades europeas –en Inglaterra o en Francia, por no hablar de los EEUU de Herbert Marcuse—en las que desde la Historia a la Antropología pasando por la Sociología y, por descontado, por la Economía eran contempladas en el brillante espejo dialéctico de Marx y sus herederos. Si no me falla la memoria, la primera noticia de Hobsbawm que nos llegó fue su precioso libro “Rebeldes Primitivos”, una aproximación interesantísima al bandolerismo descartando la mitología que le rodeaba, y luego la trilogía sobre “Las revoluciones burguesas”, apasionada y militante (él lo fue siempre del PC británico), propuesta sobre el carácter paradigmático de la Revolución Francesa que, al filo de su bicentenario, comenzó a ser debatida por los llamados “revisionistas” como Furet o Denis Richet y, en otro sentido más genérico, por la impresionante obra de Leszek Kolakowski. ¿Quién imagina hoy aquellas devociones por el otro “revisionismo”, el de Althuser y compañía, o por la reflexión sartriana y hasta por el manualismo de Martha Haineker o Nicos Poulantzas que se multiplicaban, como la imagen en el espejo roto, en cientos de seminarios y, por descontado, en la propia docencia? Hobsbawm, en todo caso, era y siguió siendo un empecinado precisamente en el país donde menos imaginable resultaba el auge del marxismo, en decir, en Gran Bretaña, sobre todo para quienes desconozcan el intenso movimiento revolucionario surgido al borde de la Guerra Mundial.

Toda esa renuncia a aquella teoría no implica la vigencia y utilidad de obras como la de Hobsbawm, la de Godelier o la de Ernest Mandel y tantos otros, que hoy dormitan olvidados como entonces vivieron condicionados por la presión que comporta el triunfo. Mañana acaso ocurra otro tanto con los popes de hogaño y vuelvan por sus fueros, ya pulidos por el paso del tiempo, autores y obras ahora neutralizados por el idealismo neoliberal. Hobsbawm estuvo y está presente a pesar de su militantismo, y ni que decir tiene que en la nostalgia de muchos de nosotros.

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