Hace cosa de un año los frecuentadores de la prensa internacional supimos que un tal Tyler Hamilton, un ciclista del equipo de Lance Armstrong, había escrito (o se había hecho escribir) un libro de confesiones en el que denunciaba la realidad del dopaje en su deporte y pedía a su jefe de filas que confesara la verdad de una puñetera vez, aunque sólo fuera para aliviar su conciencia. No se puede decir que se silenciara a Hamilton pero sí que le echamos entre todos la misma cuenta que se echan al monte debelador. Ahora, sin embargo, las confesiones de Amstrong en la tele americana han sido aceptadas sin restricciones, con lo cual ese secreto a voces que era la dopa en el ciclismo ha pasado a ser aceptado ya sin reservas. ¿Cuánto de culpa tiene Amstrong por su numerito y cuánto los propios medios de comunicación que lo mismo que hoy lo aceptan como debelador han tragado durante años con su inverosímil hazaña? Dicen esos expertos que el secreto ahora revelado era conocido por la inmensa mayoría de esos medios que contribuyeron a crear el mito del superhéroe que vencía incluso al cáncer sin bajarse de la bici, pero que todos callaron porque, de hecho, el héroe es una necesidad de la imaginación humana y, en consecuencia, una imprescindible munición en la industria de las comunicaciones: hay que vender más y para vender más se necesita excitar el apetito de la masa consumidora: Amstrong era necesario, en fin de cuentas, para el negocio editorial por más que cualquier entendido reconociera el fraude en su fuero interno, teniendo en cuenta, sobre todo, que su gran odisea tuvo lugar tras superar el cáncer, es decir, ya bastante avanzada una mediana carrera profesional. El negocio impone sus leyes y la ética se rige también, quién puede dudarlo, por la oferta y la demanda.

 

Cuando aquel Hamilton denunció en el Sunday Times lo mismo que ahora reconoce Amstrong el periódico fue condenado a pagar una elevada indemnización al mismo atleta que ahora descarga su conciencia de paso que extiende la denuncia sin ton ni son a todos sus compañeros, lo que prueba que poco se puede hacer frente al mito, más atractivo siempre que la prosaica realidad. Al héroe le cuadra la verdad lo mismo que la mentira mientras sirva para hacer soñar a la basca y arrimar beneficios al negocio. Amstrong es la prueba incontrovertible de esta amarga comprobación que la opinión pública hace y hará toda la vida como que no la ve.

3 Comentarios

  1. Usted reconoce la responsabilidad de los medios pero no cae en la trampa de matar al mensajero. Ese americano es un tramposo y efectivamente (no soy ajeno al ciclismo) todo el mundo sabía lo que estaba haciendo para ganar. Ma ha gustado que alguien se acuerde de lo que le pasó a Hamilton, y sorprendido que un intelectual como jagm lleve tantas cosas por delante.

  2. Espero que Hamilton demande a Arstrong, que no sólo es un embustero, sino también un cínico,un sinvergüenza y un hijo de su mamá porque no se hace lo que este individuo le hizo a su compañero, sabiéndose culpable.

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