Mis amigos catalanes

Mal día el de hoy para recuerdos y nostalgias. Día aciago y, por otra parte, inimaginable para los cuerdos. ¡Cataluña en ruptura, Cataluña rota en dos, Cataluña “independiente” de España, ese mito decimonónico y burgués reciclado por los majaretas antisistema! No sería concebible mi generación sin nuestras conexiones catalanas. Con los grandes maestros, para empezar, con quienes nos asomamos a una Historia todavía científica, los Vicens Vives, los Reglá, los Jover, los Fontana, y luego el relevo, los Balcells, los Garrabou… Íbamos al “Boccaccio” de Oriol Regás, a las animadas tertulias de “Els Quatre Gats” –tantas fías y porfías con los colegas de “El Viejo Topo” de Miguel Riera–, a los estrenos del Teatre Lliure y, sobre todo, a los que Albert Boadella montaba con Els Joglars, esa implacable máquina de picar carne política que nunca escatimó el vitriolo del humor, una Barcelona culta que mantenía un ojo en París y el otro –por más que algunos lo nieguen ahora— en Madrid, una ciudad abierta y divertida, tan sugerente y nocturnal, acaso sicalíptica, pero siempre acogedora.

¡Los amigos catalanes! Recuerdo a mi añorado Luis Carandell merodeando por el Barrio Gótico, guía inestimable en la selva de lo que él llamaba “la Barcelona secreta”, el submundo dorado de la vieja burguesía, con sus sagas, sus pendencias y, sobre todo, sus complejos. Aunque mi guía entrañable, desde que desembarcó en “Triunfo”, fue siempre Manolo Vázquez Montalbán, el amigo más generoso que nos descubría el Barrio Chino, el Raval de su infancia, la ruta de Carvalho, su constante “alter ego”, el ambiente cálido de la Boquería y el Bar Pinotxo, sus cocinas exclusivas y las cenas en Can Massana con el inevitable pichón relleno de piñones. ¡Menos mal que no estás aquí, Manolo, para asistir consternado al esperpento urdido por estos mequetrefes! Tendrán que estar, qué le vamos a hacer, Arcadi Espada –el más lúcido exégeta de Pla, el ojo crítico de visión más aguda, el brillante Savonarola de esos descerebrados “indepens”—, o Gregorio Morán, el insobornable debelador de tirios y troyanos, ahora recién echado de La Vanguardia (parece que a petición de sus colegas de redacción: todos “indepens”, claro), mientras contemplará el despropósito desde la alta Europa, seguro que con desolación, Javier Nart, otro guía inapreciable. Manolo decía que el nacionalismo tiene el riesgo, y a la vista está, de “derivar en fascista” y que a él –tan fiel al país en el que primero estuvo preso y luego triunfó–, hijo y nieto de gallegos y murcianos, le sobraban razones, metafísicas aparte, para integrarse en esa comunidad española de cuya “crónica sentimental” hizo él mismo un clásico. ¡Los amigos catalanes! Mal día hoy para recuerdos y nostalgias, Barcelona del odio frente a la vieja ciudad amistosa. Pero no busquemos culpas sólo entre estos bárbaros. La semilla del odio, como la de la mostaza, crece lenta e inadvertidamente. Y aquí han estado mulléndole el terreno y regándola con el agua suicida de las componendas –durante decenios— los unos y los otros. Los otros lo mismo que estos “hunos”, todo hay que decirlo.

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