La decisión de Ana Pastor, de no pagar 190.000 euros por el retrato que al gran Antonio López le había encargado Cascos, ha sido celebrada no sólo por el chulesco disparate que suponía ese encargo –al fin y al cabo, Bono tiene dos, uno en el Congreso y otro en Defensa—sino porque, dividida España en diecisietesiete taifas, no daríamos abasto al contar los retratos de próceres que pretenden perpetuar su memoria histórica, tantas veces minúscula, en este ruinoso régimen. Sabemos por el imprescindible libro de Gallienne y Pierre Francastel que el retrato tiene orígenes sagrados lo mismo en el Egipto antiguo que en Bizancio, y que se va secularizando, tras la experiencia realista de griegos y romanos, precisamente en la Roma de los Papas en la que, en todo caso, hay algunos que, como el velazqueño de Inocencio X –“¡Troppo vero…”, se lamentaba el pontífice—o el rafaelesco del Cardenal Alidosi, demuestran que la perspectiva humana ofrecía al pintor un vasto margen interpretativo a costa del retratado. Según Gallienne, el retrato pintado es la marca del Estado en su fase decadente, mientras que el esculpido lo es de la ascendente, pero hay que reconocer que el hallazgo ideológico del Humanismo alcanza cotas tan altas que permitirán la aventura de Velázquez o de Goya, aunque ninguno de estos genios se preciara de ser retratista. El problema del retrato de hoy es que ya no se somete a un arte psicosociológico –¡ay, la goyesca “Familia de Carlos IV”!—sino que se busca un vulgar retratismo fotográfico. ¿Y por qué entonces no llaman al fotógrafo, que siempre será más barato que el pintor? Hoy no tiene sentido un retrato como el famoso de Jovellanos pensativo, por la razón elemental de que no hay Jovellanos a la vista, lo que favorece a los Hernán Cortés, Bernardo Torrens o Ginés Liébana encajar al personaje en su estricto perfil burocrático.

La vieja costumbre de las galerías de próceres debe desaparecer y dejar sitio a la fotografía, pero a una fotografía decorosa y normal, que no cueste seis millones de euros como la que le hizo a Manuel Marín una laureada fotógrafa, no sea que hagamos un pan como unas tortas pero en plan cicatero. Había que saberse muy bien la Historia para reconocer a los ministros en la extensa colección del viejo ministerio “pompier” de Fomento. Pues imagínense el caso pasados veinte años cuando alguien se encare con un retrato de la ministra Aído o de Pepiño Blanco.

4 Comentarios

  1. No me sea cruel, mi don Anfitrión. Con todas sus limitaciones de varia índole, Bibiana es bastante más fotogénica que FAC (Foro Asturias Ciudadano, o similar). Que últimamente se le ha puesto carita de bóxer (no confundir con gayumbos). Ah, y busquen una foto reciente de la muchacha aquella con la que se casó fastuosamente en Córdoba. Invito a café a quien la reconozca. (Es sábado, disculpen mi frivolité).

  2. lo bueno que tiene estar algo alejado es que uno ni necesita enterarse de la existencia de todos esos enanos;
    La unica persona viva que conozco en este papel es Antonio López y siento que le hayan dejado colgado con una obra encargada. Por qué el encargante no paga el retrato de su bolsillo? Si un día quiere pasar a la historia tiene más posibilidades de serlo como cuadro de António Lopez que como ministro,…. si es que era uno.
    El artículo , divertidisimo,así como el coment de doña Epi a quien mando un saludo especial.

  3. Por debajo de la broma, hay un asunto muy serio y es la incapacidad de la buena parte de la clase política para ser comedida en el gasto público. ¿Nop dijo la ministra Calvo que el dinero público no era de nadie? Pues eso: mientras se montan “bancos de alimentos” hay sujetos/as que se gastan millonadas en perpetura su geta en un pasillo ministerial. Bromas aparte, don Epi, el caso es muy significativo.

  4. Es una vergüenza que se gasten el dinero e cuadros de autor habiendo fotógrafos como del columnista. Que bono tenga dos retratos es estúpido. Y mientras millones de españoles rebañando el plato en el comedor de pobres.

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