El ministro de Justicia insiste en que es muy libre de criticar las sentencias de lo es jueces y magistrados desde el Gobierno. No se da cuenta de que la propia institución, un ministerio de Justicia formando parte de un Gobierno, supone ya un golpe tremendo a la exigencia de independencia entre los poderes del Estado, como alguna vez explicó Jiménez de Parga. Su intervención y la de la Vicepresidenta a favor de la condena del juez Tirado han sublevado a los ropones pero lo peor es que están dejando en evidencia el insaciable designio del Poder Ejecutivo de controlar la Justicia y ajustarla a sus intereses. Ya no disimula, o quizá es que ha llegado un punto en que resulta imposible el disimulo. A este ministro, que es tosco por demás, se le nota más que a ninguno.

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