Me lo dice una amiga, historiadora de fuste: es probable que desde sor María Jesús de Ágreda –la monja concepcionista a la que los deslumbrados apaches llamaron “la Dama azul” porque se les aparecía en su territorio para evangelizarlos sin moverse de su convento soriano, la mística que cautivó a Felipe IV hasta convertirse en su máxima consejera y tanto inquietó a la Inquisición– no se haya conocido caso de bilocación semejante al del ministro Illa. ¡Un ministro de Sanidad que, en plena pandemia, duplica su presencia entre Madrid y Barcelona y compadece su gestión salutífera con las exigencias de una campaña electoral! Lo nunca visto, no cabe duda.

No debe tomarse a chacota el tema de la doble presencia simultánea, sobre todo teniendo en cuenta la nutrida nómina de santos a los que la jerarquía eclesiástica reconoce capaces de tan inaudito desdoblamiento. Nunca sabremos a buen seguro donde acaba la facultad mística del ser humano, pero mi amiga bromea sobre que, en cualquier caso y puestos a comparar, el filósofo Illa encajaría más con el modelo de Martín de Porres o el del cuestionado Pío de Pietrelcina que con el del bueno de don Bosco o el del santo Ligorio, patrón de los moralistas.

Desde luego que esa facultad paranormal cabría, no faltaba más, en el confuso milagro que, en definitiva, es el sanchismo, un hecho político fundado en la doble (o triple, o nula) verdad a bordo de un “Falcon” capaz del rumbo que se tercie. ¿O no era ya bilocacarse dejar la tesis doctoral en manos de otro? ¿Y no lo es acaso ese centauro mitad-Pedro-mitad-Iván que habita en la impenetrable penumbra de Moncloa? ¡Pero si no es multiplicarse por dos, sino por diecisiete, lo que ha hecho singular a ese prócer sobrevenido que sobrevuela como un sátrapa sobre las taifas regionales! Con todo y haber escrito más de seiscientas cartas al monarca, Sor María Jesús no hubiera conseguido, probablemente, superar a Illa en la galería de espejos que viene a ser el llamado Estado de las Autonomías.

En serio: ¿cabe imaginar siquiera a un ministro de Sanidad fugitivo en plena pandemia? Sánchez tenía demostrado hasta la saciedad que, en política, verdad o mentira no se distinguen para nada y que el pueblo soberano es bastante más lila de lo que ingenuamente pretendemos los demócratas a secas. La sorpresa ha sido verlo extraer de su ancha manga, cuando más arrecia la galerna morbosa, un ministro bilocable capaz de simultanear su presencia en su mesa de trabajo y en el tingladillo mitinero. El tosco escepticismo de la leal  Oposición carece de sentido del humor. De otro modo, antes que protestar por su ausencia, andaría ya repartiendo entre el rebaño reliquias de este ministro émulo de la “Dama azul”.

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