Ahora resulta que, a pesar de su propio testimonio, los alcaldes o el secretario local del PSOE condenados en Sanlúcar por el “sobornazo” no son militantes del partido. Tampoco lo eran hace poco los tránsfugas de Gibraleón, jaleados con entusiasmo el día de su ascenso al poder por el propio PSOE que “abandonaron”. No es del partido, para no estorbar, quien no conviene o carece de fuerza suficiente para exigirlo, aunque sí lo sea (recuérdese el vergonzoso espectáculo perpetrado a las puertas de la cárcel de Guadalajara, por el propio expresidente del Gobierno, para honrar a dos secuestradores) quien quiera y pueda. Ni lo es la García Marcos, a pesar de que salía en la foto con Chaves no hace tanto tiempo, ni los alcaldes condenados por prevaricación, cohecho y otros delitos en esos “burgos podridos”. Los partidos no acaban de comprender –probablemente no aceptarán nunca– que no hay regeneración sin penitencia y que los platos rotos se pagan. Si a los de Sanlúcar les llega a salir bien el chapú tal vez los tuviéramos hoy en la cúpula. Como les salió mal, los mandan a la leprosería.

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