Un doctorando japonés de la universidad de Sevilla, Yuga Kuraoda, anda muy preocupado con un fenómeno creciente en su sociedad. Se trata de un tipo social (aunque quizá fuera mejor decir “asocial”), el “hikikomori” o “retirado”, que ha decidido aislarse de todo permaneciendo en el seno de la familia donde su leonera – pertrechada de las consabidas tecnologías que permiten comunicarse sin límites—le sirven de celda y paraíso en los que consumir su vida sin compromiso social alguno. Kuraoda ve en esa postura una lógica reacción a la desconcertante crisis de la economía japonesa posterior al estallido de su ‘burbuja’ y, ahondando algo más, en la liquidación demasiado expeditiva del orden tradicional campesino –la “comunidad” de Ferdinand Tönnies—que parecía canonizado en las páginas admirables de “El crisantemo y la espada”, esa biblia escrita pro Ruth Benedict por encargo del Departamento de Estado sin haber pisado nunca el misterioso país. Pero Japón tiene otros problemas demográficos, entre ellos esa tasa del 1’3 hijos por familia que, según la previsión de los expertos, no sería posible remontar ya en modo alguno, aunque el “premier” Hatoyama lo esté intentando al ofrecer a las parejas 26.000 yens por vástago escolarizado (unos 200 euros) en un intento por reanimar la procreación, que resultaría vano de ser cierto que en todo aquel archipiélago, para criar y educar a un niño, se precisan al menos 200.000 euros. El “hikikomori”, como nuestros apalancados, come desganado la maternal sopa boba y dedica luego su tiempo a sublimar enganchado a esa Red anónima y universal que mantiene viva en tanta gente la ilusión de la comunidad virtual. Alguien publicó aquí un manual titulado “Cómo echar a los hijos de casa antes de que sea tarde”. No sería mala cosa reeditarlo en Japón.

El miedo gira en el siglo XXI en torno a la demografía. Circula por ahí una tesis apocalíptica que concluye que la inmigración islámica conlleva nada menos que el ocaso y tal vez el fin de Occidente, mientras en Japón, ya lo ven, la dureza del modelo social mantiene en clausura a una legión de hijos dimitidos de todo proyecto de vida, no demasiado diferente, en fin de cuentas, de la que vegeta en nuestro ámbito. Para mitad de siglo, los más pesimistas prevén ya un planeta irreconocible en el que la profecía de Gadafi –la revolución en el paritorio—habría dado al traste con nuestro antiguo sueño. Quién sabe. Los viejos dioses que prometían descendencias como constelaciones han perdido la batalla y los penúltimos retoños reinventan el monacato zen colgados del ordenata. Había un quinto jinete, por lo visto, y no teníamos ni idea.

10 Comentarios

  1. Para mí, que, a pesar de los pesares, tiene la fé en el hombre, el ser humano – no sean ustedes mal pensados – encadenada al alma, lo único importante son ellos, los hombres. Por eso han ganado los Irlandeses, a pesar de la emigración, y ganarán los Palestinos, si siguen pariendo hijos y muriéndose de hambre. ….Y así sucesivamente. Los occidentales ya no creemos en nada, por eso seremos barridos….
    Sin duda, de nuestras cenizas, nacerá otra “cosa”.
    Besos a todos.

  2. En El Jueves, esa revista que llevo leyendo hace ya treinta años, sucesora de codornices, hermanos lobos, por favor, papuses bombardeados, salypimienta y algún etcétera que se me pase, hay un personaje de lo más repulsivo en su aspecto, mirada y ‘bocadillos’, que es el perfecto parásito. Explota a su padre jubilado y retuerce hasta el infinito su opresión al pobre viejo. Ojeen una de sus aventurillas y lo comprobarán.

    O sea que no necesitamos modelo japonés a seguir sino que tenemos nuestros prototipos, a veces hasta en nuestra misma escalera. Hemos -yo no, lo tengo más que repetido- criado una generación, ya va más de una, protegida en exceso, mimada, caprichosa pero sobre todo perezosa y que huye como el demonio de la cruz, de todo esfuerzo y/o sacrificio. No vamos a repetir una vez más lo de la escuela infame y en cada vez mayor decadencia todavía o en la sociedad degradada in crescendo. La esperanza, consuelo más bien, que nos queda a algunos es la de que la Huesuda cada vez tiene la mano más cerca de nuestro timbre.

  3. Es importante que alguien de prestigio se acuerde de informarnos sobre lo que ocurre en un país tan fuerte como Japón, con sus luces y sus sombras. Este caso es muy terrible, pero como doce la columna en nada diferente de los nuestros, lo que significa que lo que falla es la civilización urbana globalizada. No se olvide el tema de los suicidios acordados, especialmente en Japón. Muy interesante, como casi todos los días.

  4. La opinión de Yuga se puede ver en http://boards4.melodysoft.com/app?ID=prestigiovsmercado&msg=2109

    La tesis apocalíptica sobre la inmigración islámica en http://www.youtube.com/watch?v=vJL0vEJJbG4

    Respecto a esta última tesis, tan bien traída a cuenta por José Antonio, tengo que decir que los que la han lanzado no han tenido en cuenta que esos musulmanes europeos son tanto aculturadores como aculturados. Así se formó Europa, con la integración de los distintos “bárbaros” (extranjeros). Es cuestión de mirar el lado bueno de la vida. Lo impone la globalización (que siempre ha existido, después de todo; lo que varía es su alcance).

    Saludos a todos

  5. Estaría más de acuerdo con el admirado profesor Chic, cuya web frecuento con curiosidad muchos días, si precisara que aquellos “bárbaros” no llegaron tan bruscamente sino durante siglos. Lo malo de “esta” globalización es su velocidad. Porque a este paso no habrá tiempo para “integrar” razas y poblaciones sino para una mera sustitución. ¡Ahggggg!

  6. Hemos discutido a propósito de la ironía del autor. ¿Eso es bueno? Pues claro que sí lo es. Luego hemos visto la puntualización del Doctor Pangloss al prof. Chic y estamos de acuerdo con ella.

  7. Gran problema el de los hikikomori (espero haberlo escrito bien), problema universal. ¿Es esta forma de vida, esta “civilización” novísima la que impone el aislamiento y el egoísmo? Es posible pero en lo que se refiere a los jóvenes, el problema es inmenso, incluso sin contar con los peligros de ese solipsismo y las tentaciones de esa “comunicación virtual”. ¡Estamos rodeados!, aunque quedemos no pocos –el “resto”, ay–convencidos de que “porta Inferis non prevalebunt”…

  8. Como en casa de mamá no se está en ninguna parte. ¿Lo dudan? Yo tengo dos “hikikomoris” de esos que dice jagm y, aunque me guste tenerlos, asumo el riesgo que supone. Es un drama, hablando en serio, esto que ocurre. Muy interesante la columna.

  9. A mí no me ha salido ningún “hikikomori” afortunadamente y tampoco conozco más que a un par de ellos que, desgraciadamente, son serios enfermos mentales con auténtica etiqueta psiquiátrica.

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