Sobran indicios de que la pandemia, o mejor, sus temibles efectos, han provocado en nuestras sociedades un resurgir de la afición mágica. Se ha sugerido el auge de la feligresía, ha crecido el chollo de la oferta bruja y hace poco la opinión se ha visto sobresaltada por la aventura de cierto actor porno, reciclado ahora como promotor de sesiones psicodélicas, resultado de una de las cuales ha sido la muerte de un incauto que, aconsejado por aquel, había inhalado los vapores letales procedentes de un sapo famoso, el “bufo alvarius”. Una vez más, nada nuevo. Hace mucho que Malinowski explicó que el ser humano recurre a los poderes extraños cuando se ve agobiado por situaciones extremas y Linton, si no recuerdo mal, sostenía a su vez que las crisis, en especial las económicas, provocan un subidón supersticioso que indefectiblemente conduce a peligrosas fantasías. El hombre angustiado pide a Quien Sea –a la oscura trascendencia— el remedio que le niega la realidad inmanente, desde la oscura convicción de que en aquella residen poderes desconocidos al alcance del crédulo peticionario. Así fue siempre, desde la Grecia más crítica hasta nuestros días pasando por la larga memoria que va desde la Edad Media cristiana hasta la modernidad racionalista.

Siempre fue así: en la India o en Delfos, en Eleusis o en el Sinaí, ante la Pitia o en manos del druida, el hombre medroso acudía al augurio o al sortilegio en busca de auxilio y protección, dispuesto a someterse a los ritos más arriesgados. El morbo prospera en el miedo hasta el punto de que –como avisaba Plutarco— acaba desbordando indefectiblemente toda prudencia. Y desde luego no cabe extrañarse de semejante locura en una sociedad tradicionalmente supersticiosa como la nuestra, en cuyo seno se ha desarrollado durante siglos una secular industria de la reliquia auspiciada por la degeneración religiosa. ¿No aseguraba Platón en el “Timeo” que el motor del auge de los poderes sobrenaturales no es otro que la enfermedad? La enfermedad, y su correlato, la miseria sobrevenida, arrastra a los hombres a la irracionalidad hasta el extremo de que un buscavidas puede hacer negocio ofreciendo al crédulo como imprudente remedio los tóxicos vapores de un sapo. La concepción arcaica del mundo y de la vida palpita mucho más viva de lo que ingenuamente se piensa bajo la coraza incrédula de esta sociedad tan rabiosamente secularizada.

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