En una nueva joya de su acervo medievalista, Jacques Le Goff nos ha hablado recientemente del mito de la papisa Juana –ese cuento antiguo resucitado por la Reforma y del que, todavía en nuestro tiempo, se ocupan Lawrence Durrell o el converso Bernanos– para descubrirnos en él ni más ni menos que el miedo de los machos a la intrusión de la hembra en la decisiva zona de lo sagrado. Refuerza con ello la hipótesis de que la no poco ridícula historieta de la papisa no fue más que un recurso para apartar a la mujer de la responsabilidad institucional y de las funciones sacramentales, una estrategia de la Iglesia que encajaba a la perfección en ese fabuloso mosaico que el maestro Duby llama “la Edad Media masculina” y, por supuesto, también con la inacabable tradición de detractores de la mujer que va desde los clásicos griegos a Taine o Nietzsche (por no hablar de Schopenhauer) pasando por Mahoma o Maquiavelo. Durante siglos, a la mujer se le ha tenido un miedo disfrazado de desprecio que ha dado de sí una inconcebible antología de disparates la mayoría de las veces rayanas en la simple imbecilidad, como aquel famoso dictado de Jacobo de la Vorágine que afirmaba rotundamente que “la mujer comienza por presunción, continúa con estupidez y acaba en la ignominia”. Es el mito de la hembra impura, insensata, falaz, débil y viciosa, perdición de los hombres, en definitiva, del que no se libraron siquiera los más insignes “ilustrados”, y que ha servido para mantenerla al margen del área de lo sagrado monopolizada por los varones. La lógica decisión del arzobispo de Sevilla de liquidar la discriminación cofrade de las mujeres adquiere a la luz de esta realidad antecedente un significado y una importancia sin duda relevantes por más que, a estas alturas, la medida sea ya, en el fondo y una vez más, un pase a toro pasado.

Sobran teorías para explicar ese miedo a la hembra consustancial a la psicología patriarcal, pero no hay ninguna excusa sensata para mantener exclusiones en una sociedad como ésta en la que vivimos. Lo que no quiere decir que no siga habiendo resistencias y menos que vayan a faltar en ese enrarecido ambiente en el que la medida no ha dejado de levantar ampollas a pesar de que no habrá quien sea capaz de esgrimir en contra un solo argumento razonable. El Poder, el eclesiástico incluido, va siempre por detrás de la realidad y a rastra de sus imposiciones, lo que no obsta para valorar debidamente la medida del arzobispo. Hemos entrado sin darnos cuenta en un mundo nuevo. Ilustrando una fenomenal paradoja, las mujeres van a certificarlo entrado en él encapuchadas.

3 Comentarios

  1. La mujer ha tenido mala prensa en la sociedad patriarcal, y no es raro que esos prohombres, patriarcales al cabo, se mostraran críticos y aún estúpidamente despectivos con ella. En efecto, la anotlogía que podría publicarse es tremenda. Yo le sugiero a jagm, que la conce bien (lo sé desde hace años) que un día nos deleite con un resumen de tanta barbaridad, empezando por la Biblia.

  2. En la universidad leí un libro que jagm recordará y otros casineros recordarán, sin duda, que se titulaba “La madre devoradora”. Explicaba el miedo íntimo y secreto de los varones a la mujer en términos edipianos. Luego no ha dejado de comprobar que ese miedo está hoy tan vivo como siempre. En la Iglesia católica quizá más que en ningún ortos sector de la sociedad, como pone de relieve la tajante negativa a acveptar el ministerio de las mujeres. ¿Por qué tememos los hombres lo mismo que amamos? Que responda el maestro armero, si puede.

  3. No nos flagelemos demasiado. El cristianismo supuso un avance muy grande para las mujeres con respecto a la sociedad judia de la época. Miren hoy todavía el sitio de la mujer para los Judíos (En la Halakah la mujer no puede ser testigo, heredar,etc…)y también , aunque a mi parecer “menos peor”, en el Corán. Luego viene como evolucionan las sociedades.
    Es curioso que al rededor del mediterraneo hayan existido culturas tan opuestas respecto al sitio de la mujer en la sociedad como la sociedad occitana del siglo 11 y 12 o la sociedad judía )
    Besos a todos.

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