El argumento de la Dipu reclamando “su cuota” en la caja de ahorros resultante de la fusión de El Monte con la Caja San Fernando recuerda a aquel bolero en que Moncho se refería a su sumisa amante como “Mi propiedad privada”. En este bolero de la política, en efecto, a fuerza de hechos consumados, esta tropa se ha llegado a creer, a pesar d eno poseer un duro en sus capitales, que las Cajas de Ahorro son suyas, de los partidos en el poder, y por eso reclaman como propias unas cuotas que, en realidad, no significan otra cosa que altos cargos para sus capos de confianza. “No renunciaremos a la cuota que nos pertenece”, dice uno de esos consejeros digitales que viven a la sombra de la institución. Verdaderamente es admirable el modo con el cual se han apoderado del mayor instrumento financiero de la región entre cuatro gatos políticos, pero esa es la cera que arde. Hoy las Cajas tienen un peso en la política andaluza difícilmente exagerable. Tanto que sus beneficiarios ni siquiera tienen conciencia de la extravagancia que supone este auténtico atraco legal.

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