No es un secreto que la juventud ‘pasa’ de política ni que las “juventudes” partidistas vienen a ser viveros de mandamases teledirigidos por los mayores de la tribu. Por esa misma razón resulta más grave la irrupción bárbara de grupos juveniles de partido organizados como comandos o partidas de la porra cuando no como meros figurantes en la tragicomedia partidista. No hay diferencia entre los reventadores de Granada y los que en Antequera  posan con pasamontañas y puño en alto, como si fueran héroes, ante una pared pintada cobardemente de madrugada, no la hay entre los agresores fascistas de Carrillo y los calumniadores sociatas de los alcaldes de Huelva o Málaga, como no la hay entre la tiranía de la ‘kele borroka’ y la que ejercen protegidos los alevines del PSOE o de IU. La dialéctica del spray, tras la cual viene, por que no, la de los puños y quizá la de las pistolas: eso es lo que están propiciando los adultos de nuestros partidos al radicalizar el cainismo juvenil de unas organizaciones que actúan ya como bandas.

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