Un amigo atento a cuanto sucede por ahí, J.R. Terrades, llama mi atención sobre un artículo aparecido en “L’ Osservatore Romano” –Unicuique suum non prevalebunt, por supuesto—y que reproduce para la audiencia española un periódico gratuito. Se trata de una breve defensa, por no decir apología, del conocido personaje televisivo Homer Simpson, patriarca de la serie que lleva ese apellido, en la que se valora muy positivamente tanto la actitud del personaje como la de su hijo Bart, exponentes indiscutibles de una actitud pragmática rayana en el cinismo, pero en la que los vigías vaticanos advierten mimbres suficientes para hablar de “buenos católicos” (¿) y resaltar en los guiones de la famosa serie el hecho de ser uno de los escasos programas infantiles en los que la realidad trascendente, siquiera sea en términos de caricatura ocasional y hasta jocosa, tiene un puesto asegurado. Ya ven, no importa que Homer sea un auténtico compendio de la más mediocre vulgaridad, un beodo con graves posibilidades de acabar en alcohólico, un tramposo consumado, un guloso incontinente, un vengativo contumaz o un cínico empedernido, para que –sólo en virtud de unas actitudes formales como pueden ser rezar mecánicamente antes de las comidas y otras circunstancias similares—los severos censores romanos lo beneficien con la más generosa comprensión. “Más vale caer en gracia que ser gracioso”, dice nuestro refrán antiguo, y desde luego en escasas ocasiones he podido comprobarlo como en ésta –que confieso acoger con simpatía—de la redención de esos personajes que, ciertamente, pueden abanderar hoy ciertos valores poco comunes en nuestras sociedades, pero no precisamente aquellos que constituyen la condición del creyente cristiano. Lo que me pregunto es qué puñetera necesidad tenía el órgano oficial de la Iglesia de meterse en semejante berenjenal en lugar de dejar las cosas como estaban. Si en algo se puede convenir sin problemas con el jesuita Occhetta, otro defensor de Homer, es en que la lógica de los Simpson reflejan la confusión religiosa y espiritual de hoy día.

Es posible, incluso, que el éxito excepcional de esa serie se base precisamente en esa complejidad moral que reflejan sus personajes, críticos sagaces, por lo demás, del fariseísmo americano, que dejan al espectador un cómodo margen para identificarse con ese código de conducta de lo más oportunista. Lo que no tengo tan claro es que unas preces musitadas ante un plato de sopa o una incidental invocación a la Providencia puedan hacer de un tipo tan desastroso como simpático un cristiano cabal. Quizá el censor ha pensado que menos da una piedra. Y lleva más razón que un santo.

1 Comentario

  1. En este feria de sacralidades recicladas y mediadores cutres la necesidad de “siervos” es lo único que no varía (lo digo por su otra columna publicada de hoy).

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