No sé si recordarán el caso de un anciano español que, tras pasearse por radios y televisiones de todo el país e impartir charlas en multitud de centros de enseñanza sobre su dramática experiencia en uno de los más tétricos campos de exterminio nazis, acabó siendo desenmascarado como un simple impostor al que no cabe negarle una imaginación poderosa y notables dotes para la ficción. El caso de Enric Marco, que llegó a presidir la asociación “Amical Mauthausen”, fue también famoso hace unos cinco años y de él escribió con clarividente dureza mi amigo Gregorio Morán, como tantos otros autores lo han hecho afrentados por la impostura que viene a ser esa fruta podrida, terminal, que como por casualidad encontramos al pie del árbol cuando ya pasó el tiempo de la cosecha. Estos mismos días airea el NYT la noticia de que el FBI ha desmantelado una banda de estafadores que operaban en Brooklin reclutando personas necesitadas entre la comunidad judía del barrio, para atribuirles historias falsas de una experiencia represora que jamás sufrieron, al objeto de cobrar las indemnizaciones ofrecidas por diversas instituciones benéficas a las víctimas de aquella persecución. Papeles falsos, historias inventadas, fotos compuestas y todo el repertorio de la falsificación fue puesto al servicio de un negocio que, en apenas tres lustros, lograron estafar a los benefactores más de cuarenta millones de dólares a repartir entre los propios estafadores y las falsas víctimas. Con una historia excepcional culminando el fraude: la historia de un niño judío de corta edad que lograría sobrevivir en los bosques y granjas ucranianos, en compañía de su madre y su hermana… sin moverse de Leningrado. La explotación de la falsa memoria se ha convertido en un inconfesable negocio aparte de en un capítulo apasionante para el psicoanálisis de esta sociedad abrumada por tanta mala conciencia.

Es este último aspecto el que, más allá de los inevitables abusos y mangancias, me parece más relevante hoy por hoy. Que en un pueblo cordobés los memoriosos reclamen al Ayuntamiento consagrar una ruta de fosas franquistas con guía turístico y todo, o que unos majaretas reclamen volar (“controladamente”, menos mal) la Cruz del Valle de los Caídos, da una idea cabal de los efectos demoledores que puede acabar produciendo el mal uso de la memoria en cualquier parte del mundo. Aún recuerdo el caso del “judío letón” Wilkomirski que resultó ser un suizo de pura cepa. Hay quien defiende las ventajas de la mentira sobre la verdad en nuestro contexto psíquico. Mucho me temo, sin embargo, que en la actual mala memoria haya mucho también de negocio y hasta de oficio.

4 Comentarios

  1. Una más de los de las “memorias históricas”, pandilla de cuentistas y logreros. Al menos en los EEUU se sacan a la luz estas cosas que, por otra parte, no crean que hayan sorprendido a jagm demasiado.

  2. Es interesante que nos recuerden las cosas, incluso las que sabemos, sobre todo cuando aquellas son tan significativas. Estoy muy de acuerdo con que se mantenga vivo el recuerdo del pasado, de todo pasado, pero también estoy convencida de que de esa memoria vive demasiada genet que no quiere darse cuenta del daño que causa a la convivencia de todos.

  3. Nada me sorprende el asunto: el antocomunismo de postguerra fue incondicional. Incluído el de algúnos servicios secretos que prefiero no recordar, peor al menos éstos también salvaron a muchos perseguidos. Sobre lo del Valle de los Caídos verdaderamente estos son los extremos a los que muchos temíamos que se podría llegar mientras se insista en estas “memoriass” tardías.

  4. Los yanquis, ya se sabe, peor no sólo ellos, porque en aeullos años no había quien se librara de estas prácticas.

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