Hace sólo unas semanas, tuvo lugar en la localidad huelvana de Nerva un hecho singular: el discreto entierro en su cementerio de un soldado nervense caído en Rusia durante la Guerra Mundial. Descubierto su cadáver por una piadosa asociación que vela por esas memorias perdidas, sus promotores sugirieron al Ayuntamiento que, al haber fallecido los familiares del soldado, reclamara su cadáver en nombre del pueblo con el fin de obtener su repatriación, y así lo propuso al Pleno el alcalde del PSOE que preside un tripartito apoyado por Podemos e IU, obteniendo su apoyo por unanimidad. Un gesto noble y sensato que, a mi entender, bien merecería el reconocimiento de una nación tristemente atrapada, al cabo de tres cuartos de siglo, en el sórdido y banderizo complejo de las “dos Españas”. Con orgullo pueden levantar la cabeza esos regidores que contrastan, como digo, con tantos ejemplos contrarios.

Miren y comparen con lo ocurrido en Callosa del Segura, una histórica población alicantina, cruelmente castigada durante la Guerra Civil, con motivo de la empeñada operación municipal de retirada de una Cruz de los Caídos que, desde hace cerca de 80 años, recuerda el trágico sacrificio de más de 80 vecinos, operación que, una vez ejecutada, paralizó –¡a buenas horas, mangas verdes!– el TSJCV. Gran ejemplo de cordura y espíritu pacificador el dado por los ediles nervenses y por su pueblo (castigadísimo en la represión franquista, por cierto) frente al espectáculo triste de un pueblo dividido y enfrentado con dureza a causa de una ocurrencia política que ahora tendrá que buscar a ciegas la concordia perdida.

Cualquiera que conozca la Historia de España sabe hasta qué punto nuestra supervivencia colectiva ha dependido no del olvido ciego, sino de un saludable instinto de concordia gracias al cual, desde Sertorio y Perpenna, hemos ido superando tantas dualidades cainitas. Pero las “dos España” goyescas y machadianas siguen ahí, tranca en mano, enterrados los contendientes en la ciénaga del rencor y recíprocamente dispuestos a machacarse. Lo recordaba el domingo pasado en este diario mi dilecto amigo Andrés Amorós, de cuyo argumento no me resisto a recoger, como colofón de mis líneas, este párrafo severo pero luminoso: “Estas dos Españas existen hoy en día, pero no tienen ya que ver con las tradicionales derechas e izquierdas. Ahora mismo se trata de elegir entre el egoísmo insolidario, paleto, muy viejo, aunque intente disfrazarse con las galas del progresismo buenista, y la normalidad democrática de una nación europea que mira ya sin ningún complejo a las de su entorno”.

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