Ignoro todavía el resultado de la consulta andaluza al escribir estas líneas, aunque la casi totalidad de la aruspicina –¡incluido el indecoroso tezanato del CIS!—tiende a ver la victoria en manos de Juanma Moreno, un presidente que, ante la indiferencia generalizada, llegó al poder casi “per accidens” pero que se las ha arreglado para agenciarse un liderato nada despreciable a estas alturas. Tanto es así que, como ya les digo, ni Tezanos osa ya discutirle una popularidad que lo sitúa –a él y a su poco discutible “cambio”– a un tiro de piedra de la mayoría absoluta.

La expectativa de propios y extraños ante esa imprevista emergencia se equilibra funámbula, sin embargo, colgada de la memoria del fiasco sufrido por el electorado neocentrista tras la histórica victoria de Javier Arenas que fue deshecha por el apoyo prestado por IU al PSOE. ¿Y si ocurre igual que entonces, y si ganamos pero acabamos perdiendo torpedeados por algún pacto post-electoral?, se preguntan el conservador o el liberal indeciso. Ésa es, en efecto, la duda lacerante que trae sin sueño al votante favorable a renovar el “Gobierno del cambio”, erróneamente instalado en la ingrata memoria que atribuye esa histórica mudanza al nuevo liderato y no a la decisiva recuperación de un PP acomplejado durante casi medio siglo, que Javier Arenas fue capaz de conseguir hasta el insólito punto de ganarle las elecciones al PSOE y abrir la posibilidad de una alternancia inimaginable e inimaginada antes de su mandato. Lo digo porque va siendo de inaplazable justicia desvelar esa mala memoria que, en especial tras su inteligente gestión postelectoral, dejó en manos de Moreno el hasta entonces inverosímil “cambio de Gobierno”. Porque si el PP consigue el 19-J renovar su mandato tras una presumible victoria en las urnas, sólo una ingrata desmemoria podría olvidar que el podio firme para ese decisivo salto –tanto en ésta como en la anterior ocasión electoral– lo instaló Arenas tras reducir la vieja cartografía de taifas a un mapa enterizo y libre de complejos. Juanma Moreno tiene el mérito indiscutible de haber sostenido luego esa herencia con paciencia y buen sentido, sobre el sólido cimiento heredado de su antecesor. Por esa grave razón, el eventual triunfo en los comicios de hoy,será tan suyo e indiscutible como deudor de un Arenas que, contra todo pronóstico, consiguió abrir brecha –¡casi medio siglo después!– en la hasta entonces inexpugnable fortaleza de un “régimen” profundamente anclado en su vasta trama clientelar, contra el que ni el oportunista más audaz hubiera apostado un duro antes de llegar él.

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