Poco efecto han tenido las propagandas revulsivas destinadas a reabrir el proceso natural de cicatrización de la llamada “memoria histórica” –¡como si hubiera otra!—a juzgar por los recientes resultados electorales. Es verdad, sin embargo, que nuestra historia oficial, como cualquier otra, está reclamando hace mucho una restitución discreta. Ahora, por ejemplo, se habla y no para (sobre todo, se gasta dinero sin parar) en torno al centenario de la Constitución de Cádiz, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta el desinterés más que relativo con que hemos pasado de puntillas sobre el centenario de la Independencia. Y hay historiadores incómodos con estos despropósitos y que tratan de paliarlos con su trabajo. Por ejemplo Moreno Alonso –sin duda, para mí, el hombre que ha revolucionado el conocimiento de esa época—quien, con más de una docena de libros sobre ese quinquenio memorable, entre ellos dos espléndidas biografías sobre Napoléon y del rey José, viene descubriendo la profundidad de aquella “revolución”, el tremendo trastorno de conciencias que supuso y, sobre todo, los papeles que en ella jugaron las Españas al margen de la rutina heredada. Acabo de leer su último libro sobre el papel del Alcázar de Sevilla en la Independencia, verdadero vademécum para orientarse en aquel laberinto, descubriendo el nunca reconocido papel de la capital sevillana en la que residieron tanto la Junta Suprema como la Junta Central hasta hacer de ella la auténtica capital de España en el periodo, desde la que no sólo se toca a rebato en la nación, sino que se declara la guerra al Emperador o a Dinamarca, se organiza y dirige la batalla de Bailén (a la que el mítico Castaños llegaría tarde…), se reglamenta la “guerrilla” y las Juntas Provinciales, se ordenan las finanzas públicas, se reestructura el Ejército, se convocan las Cortes, se exhorta a catalanes, gallegos o españoles americanos y hasta se provee lo imprescindible para ordenar la vida civil. Moreno propone el Alcázar como “un lugar de memoria nacional”. Como se ve, nunca hay que darlo todo por perdido.

 

Qué mundo agitado y fértil el de Quintana, el del olvidado Saavedra, Meléndez Valdés, Floridablanca, Jovellanos, Alberto Lista o el conde de Cabarrús, el de los “patriotas” y flamantes liberales (“liberal” es palabra castellana, no se olvide), el de unas clases superiores escindidas por el deseo de progreso o por el oportunismo, y el de un pueblo, en fin, sujeto no tan pasivo de un cataclismo histórico que habría de cambiar a fondo la propia identidad. Lean ese libro para convencerse de que no hay nación que sobreviva a la desmemoria, ni que resulte indemne a la memoria parcial.

4 Comentarios

  1. Conozco buena parte de la obra del autor comentado, y es en efecto muy valiosa. La importantcia de Sevilla en la vida española durante lña Independencia es indudable y he de leer ese libro -tan bien reseñado en cuatro rasgos por jagm– por esa misma razón.

  2. Interesante época, interesante y discutido momento histórico, sólo comparable a otros que vinieron después. Yo he oído a un impoortante historiador decir que Sevilla jugó en aquelka circunstancia un papel de primera magnitud, incluso superior al jugado por Cádiz, porque no hay que olvidar que la corriente constitucionalista que culmina en aquellas Cortes famosas se inicia en Sevilla en pleno conflicto bélico. Tambié yo me apresuro a hacerme conn el libro recomendado, que de don ja me fío a ciegas.

  3. Se agradece esta llamada de atención sobre la obra interesantísima de esa profesor que nonoce como pocos la España de la crisis inicial del XIX. jagm echa de menos con razón a aquella pléyade de intelectuales y grandes espíritus, hombres honrados por lo demás, que hubo una vez en España y que lograron salvarla. Me uno a su sentimiento y celebro que Moreno Alonois haya contribuido con una nueva lección al comnocimeinto de una de las épocas peor conocidas y más reescritas de nuestra Historia contemporánea.

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