Un colega estimado y autor de un libro de entrevistas que recomiendo vivamente (“Entrevistas con los vampiros”), Alfredo Valenzuela, me pregunta si el Gómez Marín que aparece mencionado (vapuleado, diría yo) en las memorias de Ernesto Giménez Caballero -aquel pope surrealista del franquismo– soy yo mismo o no lo soy. Le digo que sí, que esa mención está en una “Tercera” de ABC que don Ernesto (que es como durante años le llamábamos amistosamente en la tertulia madrileña de Turner, en la que tanto nos divirtió con su proverbial desmesura) escribió “cum ira et sine studio” en réplica a un comentario mío aparecido en “Tiempo de Historia”, por insistencia de Haro Tecglen, en el que yo recordaba el secreto a voces de su infame edición de piezas barojianas que, con el título “Comunistas, masones y demás ralea” (Valladolid, 1938: ojo a fecha y lugar de edición) tanto éxito tuvo publicitado por la agitprop fascista. Y luego me he quedado comentando con Javier Caraballo, bajo el efímero frescor de la mañana agosteña, el destino de esas infamias que se perpetraron a socaire de las conveniencias de un régimen al que le iba mucho en descalificar a los 98, una vez que aquellos maestros lograron escapar al garlito que los fascistas les tendieron –Caballero entre otros—al tratar de presentarse a sí mismos como los “nietos” legítimos de la gran generación. Éste de la apropiación indebida del ejemplo ajeno ha sido y es un eterno negocio oportunista que siempre se benefició del silencio forzado de los despojados, incluyendo a ese Baroja aturdido por la aventura guerracivilista, que tan bien supo poner en su sitio su sobrino don Julio Caro, y que recuerdo que descalificó con inteligencia el engendro de marras calificando su título como “detonante” para no tener que entrar en pormenores seguramente incómodos.

Don Ernesto –como Rafael García Serrano o el conde de Foxá, como Eugenio Montes o nuestro Sánchez Maza del Café Comercial—era un personaje tan interesante como dudoso. Franco lo invitaba al Pardo a fin de año, le daba una copa y lo devolvía a casa, cuando no le impedía enrolarse en la División Azul o lo enviaba de embajador junto al tirano Stroesner –los “cojones de América” según don Ernesto—para quitárselo de encima. ¿Lo ven? Con la biografía real de Caballero se podría hacer un panfleto “detonante” pero, eso sí, absolutamente fidedigno. Mi amigo Valenzuela, igual que Caraballo, nacieron tarde, como diría, Eugenio Evtuchenko, otro que tal bailaba. Y por eso no saben, seguramente, de la misa la media sobre aquellos lances. Si me he detenido ante ellos no ha sido más que por mostrar lo peligroso que resulta jugar con el alacrán.

8 Comentarios

  1. A ver si va a resultar que ahora le molan los escritores fascistas, jefe, y espero que no se me eche al cuello ninguno de sus «domini canes». Porque esa relación que hace de ellos parece indicar que losm conoce bien…

  2. Recuerdo aún aquel exabrupto del insigne loco que fue Gz. Caballero, personaje de nuestra juventud madrileña (más de la de ja que de la mía, ésa es la verdad) por el que njnca sentí simpatía excesiva. Eso de los fascistas cultos y literarios es un asunto curioso y muy de moda despúes de todo, si se tiene en cuenta que hace poco uan munícipe ignorante sevillana prohibía un acto sobre Foxá, quienm no digo yo que no fuera un trincón y hasta un hi de puta llegado el caso, pero que fue un escritor nada despreciable. Interesante recordatorio, e inevutable el comentario simplón de Mr. Roland, si es que es monsieur, que no lo sé ni me importa un rábano.

  3. Nos preguntamos eon frecuencia por qué no escribirá gm de una vez unas memorias años 60 en adelante por lo menos. Hoy ha sido una de esas ocasiones. Tenemos demasiados memorialistas que tienen poco que decir y en cambio callan los que han vivido en lugares privilegiados ls hsitporia de esos años, conocido a muchos de sus grandes hombres, pero de verdad. Uno de esta tertulia coincidió con gm en el «viejo caserón de San Bernardo», es decir en la Complutense fetén, en la que aún los profes eran maestros aunque hubiera en los claustros mucho «intelectual del régimen». Es una sugerencia a nuestro amigo, maestro él mismo para muchos de nosotros… La edad no perdona…

  4. Me gustan sus evocaciones, y comparto la sugerencia anterior. Tiene usted muchas cosas que recordarnos y esa es tarea positiva, «memoria histórica» civil y limpia (todo lo posible) de las vilezas de la época. Es verdad que esos jóvenes periodistas que cita no suelen disponer hoy de esas imágenes y hace muy bien en proporcionársleas y proporcionárnoslas de vez en cuando.

  5. Todos esos maestros que usted nombra eran unos fascistas repugnantes. Se le ha olvidado el Ruano, gran imitador de Dalí en sus lamentables postrimerías. No debería usted asomar a los jóvenes generaciones de periodistas a esos paisajes felizmente superados por tiempos y circunstancias mejores.

  6. Curiosidad: hemos preguntado durante el almuerzo a un grupo de colegas, todas docentes de letras, y ni una sola nos ha dado razón de Giménez Caballero ni casi de ninguno de los demás nombrados en la columna. Debemnos decir (habla Clara ahora) que si yo fui capaz de reconocerlo fue porque mi padre me ha hablado alguna vez de «Yo inspector de alcantarillas», una obra cuyo tìtulo resulta difícil olvidar. Muy interesante que las columnas o los comentarios den lugar a estos ejercicios de memoria. ¡Y en pleno agosto!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.