Siempre hubo libros prohibidos. De un capitán de Milicias de mis tiempos universitarios se contaba la extraordinaria anécdota, muy probablemente apócrifa, de que el encontrar en un macuto una edición bilingüe de “La República” de Platón arrestó incontinenti al aplicado e informó a sus jefes de que lo había hecho por tratarse de un libro que, además de titularse “La República”, estaba escrito en español y en ruso. Ahora acaba de publicarse, por vez primera en setenta años, la obra capital de Hitler, “Mein Kampf”, o sea “Mi lucha”, ese centón de tópicos y troje de odios y rencores –que es fama que ni siquiera lo escribió él sino la mano astuta de Rudolf Hess—que muchos de nosotros, espíritus inquietos, leímos en su día por curiosidad malsana. Dicen sus editores del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich que han editado la obra maldita tras someterla a una estricta crítica, un argumento que me convence poco teniendo en cuenta la dificultad intrínseca que implica imponer una lógica saludable a otra surgida de un sistema ideológico insensato. “Mein Kampf”, a mi modesto juicio, no es sino el discurso de un demagogo loco pero con buen olfato para reconocer cuáles eran los apetitos de sus posibles lectores, los alemanes de una época tremenda encogidos pavorosamente, como casi toda Europa, tras la Revolución Rusa. El enemigo judío, con toda su carga legendaria, la propia burguesía timorata o el proletariado corrompido eran el Mal, con mayúscula; la mítica depuración aria del paisanaje, el remedio. Ustedes verán.
Siempre hubo libros prohibidos. En nuestro siglo XVII para exponer la doctrina de Maquiavelo había que dar un rodeo por Tácito, como me enseñó mi maestro Maravall y acaban de ilustrar un grupo de filósofos en un espléndido volumen colectivo encabezados por Pablo Badillo. Los mismos que hacían un uso inmoderado de la “razón de Estado”, ellos que envilecían la Historia amañándola a sus intereses, prohibían a los Lipsio o a los Solórzano, esgrimir el fino estoque del florentino. Los alemanes han pensado que mejor es mostrar del disparate íntegro pero sometido a la crítica actual, que mantener en torno a ese libro bufo la siempre incitante bruma del misterio. Lean a Hitler y verán a qué grados de aberración e idiocia puede llegar la mente de un ambicioso. Pero también, a qué extrema complicidad puede someterse un pueblo sabio. Verán lo poco que se necesita para causar la mayor tragedia que ha conocido la especie humana.

1 Comentario

  1. «La extrema complicidad», mi don JA. Menudo torpedo a tantas líneas de flotación. Aunque me resisto a aceptar lo del pueblo sabio. No hace tanto que en una radio gabilóndica se repetía como un mantra que «…Andalucía… pueblo viejo y sabio…» Hoy, siendo los primeros en la tabla de fracaso escolar, de paro, de abandono escolar y con el remoquete de que los jóvenes han aprendido a vivir del paro que pagan los de otras regiones, y nacionalidades, perdón, no creo que se atrevieran Si acaso en el «canalsú» donde la parroquia es una pescadilla colamordiente. Ouroboros que dice el Fuentes. Se nota que el muchacho estudió algo del «ruso» platoniano.

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