Hace tiempo que se viene cuestionando gravemente la insolvencia de la clase política sobrevenida con los populismos. No es que la anterior fuera nada del otro mundo, pero al menos contenía el diapasón y evitaba la estridencia mejor que peor. La nueva, no. La nueva demuestra cada día su inconsistencia desde un adanismo que igual proyecta dudas sobre el sexo de las personas que acusa de maltratadores a los caballistas, como acaba de hacer una diputada podemita. Nunca ha soportado España una dirigencia tan adocenada, y lo peor es que semejante tragedia ha coincidido con la crisis más aguda registrada desde la Guerra Civil. El propósito deconstructivo que el propio PSOE degenerado comparte hoy con los antisistema más acreditados, no hallará mejor aliado práctico que esa mediocridad que invade hoy nuestra vida pública a todos los niveles.

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