Tanto decir que la nueva carta andaluza era un Estatuto “de máximos” que no dejan de llamar la atención los primeros frenazos de la Junta a la hora de aplicarlo. La llamada “deuda histórica”, mismamente, ya ni está tan clara –ahora la niegan en público hasta los intelectuales orgánicos más acreditados– no es tan urgente como para que no se pueda pagar a plazos. Y en cuanto a la Agencia Tributaria –otro trasplante catalán–, nada de autonomías profundas sino la “colaboración más estrecha” entre el futuro órgano regional y el de toda la vida, que el Gobierno conservará, al menos de momento. ¿Qué máximos eran esos, aparte de las utopías y los brindis al sol? Es probable que la aplicación de ese Estatuto con tan escaso respaldo popular vaya descubriendo sin remedio la falacia en que se ha basaba la desmedida y fracasada campaña de la Junta y sus aliados. Mientras, claro está, el modelo catalán se estira y, en efecto, fuerza máximos incluso por encima de la letra escrita. Un fiasco tras un fracaso. Si ése es un balance aceptable, que venga Dios y lo vea.

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