Cualquiera que haya seguido con atención la evolución de las últimas generaciones, sabe, seguramente, que esas criaturas han recorrido aprisa la aventura lingüística y tal vez, incluso, que conozcan, siquiera por encima, materias complejas como la extinción de los dinosaurios o la mitología clásica, a pesar de su frecuente y relativo atraso en su capacidad lectiva y en su dominio de lo matemático. Mi teoría es que esta precocidad relativa se debe a la tele ante la que esas generaciones pasan diariamente un promedio superior a las cuatro horas, atentos a diálogos lúdicos expresados en un lenguaje adulto, mientras que su atraso disciplinar (en lectura o aritmética) no es sino la herencia de aquellas utopías mayistas que logramos imponer los mismos que perdimos la batalla del 68 como un triunfo póstumo y, a mi juicio, también pírrico. La ferocidad antipedagógica de Ivan Illich, las tesis sobre la escuela abierta y las docencias resignadas al desarrollo natural del párvulo, han dado de sí un escolar mucho más instruido en sus derechos que en sus deberes y liberado, en nombre de cierta moral vagamente libertaria, de todo deber que implique esfuerzo. Hoy los niños aprenden a leer más tarde, a pesar de que los docentes cuentan con un instrumental pedagógico fabuloso, y recorren sin sobresaltos un aprendizaje sabiéndose protegidos por una legalidad adánica que antepone la autosatisfacción al esfuerzo y la libertad a la disciplina que alcanza incluso a la etapa universitaria. Y ahora nos llega la noticia de que una profesora de infantil ha sido expulsada de su escuela andorrana, a instancias de un inspector español, por “enseñar demasiado” a sus alumnos que, con cuatro años de edad, leen y calculan ya con entera facilidad. Se ve que algunas de las ingenuidades de Rousseau o el ideario de la “escuela libre” de Pestalozzi y su pedagogía naturalista no eran, en definitiva, más que un adelanto de la que se nos venía encima.
Es un disparate eso de que la actual generación es la mejor preparada de nuestra Historia. Pero, la verdad, ver a una escuela echar a una profesora por “enseñar demasiado” a sus alumnos constituye una intolerable exhibición de fanatismo logsiano que ilustra y explica el desastre de nuestro sistema docente mejor que cualquier razonamiento. Los pedagogos actuales se sitúan en el reverso del Leibniz que aseguraba que la educación podía hacer bailar al oso para alinearse con la idea, de origen “ilustrado”, de que el método debe funcionar sin escrúpulo como una “pedagogía natural”. Respetar la inocencia, esa consigna progresista, hace mucho tiempo que la emplea la reacción.

2 Comentarios

  1. Parece que se pretende una generación de ciudadanos gamma.
    Recuerden el “Mundo feliz” de Aldous Huxley, aunque allí comían todos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.