La Junta, que en principio cabía en el Pabellón Real y proliferó luego al ocupar las viejas delegaciones jacobinas, ha tardado casi medio siglo en decidirse a cortar el inexplicable despilfarro en alquileres múltiples que ha venido prodigando. Construirá, al fin, una sede central de cuyo coste habrá que deducir, en buena medida, los 80 millones anuales que viene malgastando ajena a toda crítica. Más vale tarde que nunca y, como dijo el clásico, bien está lo que bien acaba, pero la ocasión es que ni pintada para reflexionar sobre la manirrota gestión que ha gobernado la autonomía durante casi medio siglo y que refleja fielmente la chapucera improvisación que fue norma habitual en el pasado “régimen”. Se acabó, al fin, esa bicoca, una de tantas como demanda ese “cambio” del que tanto se habla.

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