La imagen de los jornaleros ofreciendo su “mercancía” en la plaza resulta normal hasta en el Evangelio. El trabajo era una necesidad mutua pero ni de lejos podía concebirse como un derecho hasta que se fue abriendo trabajosamente paso un cambio de conciencia que impuso en la sociedad uno de los cambios más graves de su historia, no sin pagar por ello un durísimo precio. El éxito del neoliberalismo ha consistido en superar ese modelo de relación para restituir el antiguo, basado en la idea del trabajo como privilegio ante la que cualquier reivindicación revolucionaria pierde sentido y se volatiliza. Japón parece ser el país donde esta vuelta al pasado se ha impuesto con mayor energía hasta diluir enteramente cualquier residuo de exigencia, pero está claro que Occidente también asume ya le ideología del trabajo como privilegio y, en definitiva, como un don del capital ante el que sólo cabe el agradecimiento o la resignación. Nunca se ha conocido una crisis laboral como la presente y, lo que quizá es peor, nunca las sociedades estuvieron tan a merced de esa teoría que el fracaso de los movimientos utópicos parece haber confirmado. ¿El poder? El Poder se limita a retorcer la estadística de modo que los resultados resulten más asimilables, según esa lógica que no resiste un análisis siquiera somero y que, en nuestro caso, maneja el vaso progresivamente vacío de manera que la pérdida se relativice hasta el absurdo de alardear de que cada vez la destrucción de empleo es menor, como si pudiera ser de otra forma una vez destruidos cuatro millones largos de puestos de trabajo. Que es como mostrarse optimistas porque el enfermo con fiebre de cuarenta ya sólo sube décimas y no grados sobre su peligroso límite. ¿Qué ocurriría en España si el mes pasado y el anterior el empleo hubiera caído al ritmo en que cayó hace un año o hace dos? Esta tropa nos toma por idiotas, evidentemente.

Hace falta una nueva sociología del trabajo (¿dónde quedan ya los Gorz, los Naville y cía)?) que persiga un equilibrio entre la demanda y la oferta de trabajo desde la idea de que los dos factores de la producción se necesitan mutuamente y de paso ayude a entender que lo que está en crisis no es sólo el pulso entre el trabajo y el capital, sino la propia estructura de una economía en la que cada uno de ellos tendrá que redefinir su papel. Bajo la idea del empleo como privilegio ni el trabajador ni la empresa superarán esta crisis profunda, agravada por el impacto tecnológico pero, en fin de cuentas, producto de un antagonismo antisocial. Porque puede que tras las apariencias que engañan, al ultraliberalismo lo aceche, probablemente, un destino parejo al que liquidó la utopía.

6 Comentarios

  1. El ejemplo del enfermo afiebrado, insuperable tronchante. Debería divuklgarse por ahí para que no nos vengan con cuentos desde el Gobierno y la Junta a principios de mes para justificar la sangría. Por cierto, que en Estds. Unidos ya está bajando el paro de verdad, no como aquí.

  2. También me apunto al aplauso de Docente, porque el ejemplo es genial. Es verdad que nos toman por retrasados mentales y lo curioso es que muchos de esos jerifaltes andan raspadillos de estudios cuando no carecen por completo de ellos. ¡Que listos son, coña! O que tonto es este pueblo adulado.

  3. Lo de reducir el derecho al trabajo (un derecho en nuestra Constitución aún vigente) a un privilegio ha sido el ardid más inteligente del neoneoneocapitalismo. La gente se conforma hoy con el mileurismo, con los horarios terribles y las duras condiciones de trabajo (aquí se ha comentado ya lo de los suicidios de France Telecoms a causa de ello) y con lo que le echen , contal de tener donde agarrase para sobrevivir. Es la lógica del náufrago. El viejo Movimiento Obrero, al que se alude elípticamente ebn la columna, no podía ni imaginar este recruso que guardaba en la manga la sociedad desigual.

  4. Más que una crisis, no cabe dudarlo, y me pregunto hasta cuando va a ser posible que este pueblo resignado aguante tanta presión y tanta angustia en multitud de casos, Les aseguro que conozco d ecerca el problema, que empieza en la hambre pero va muchos más allá. Este es uno de esos momentos en que la gente de bien tenía qu eplantearse ayudar por su cuenat sin aguardar a que la frialdad de un Gobierno se ocupe de los que lo necesitan.

  5. El trabajo como pribilegio. ¿No era un castigo divino? ¿No fue luego y es un derecho? Algo no madcha en este barco, buena gente, pero mientras discutamos eso todo seguirá igual por los siglos de los siglos. Tiene el Sisma, como gusta decir el anfitrión, muchos recursos, infinitos diría yo. Pocos como éste de ocbvertir el espíritu reivindicativo de los tabajadores en una conciencia humillada.

  6. Dificil coyuntura laboral que va mas a camino de estructura definitiva de desastre natural rebuscado por la cuenta que nos han hechado los que nos dominan

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