Más leyenda negra

Tal vez no cese nunca. La “leyenda negra” –lean el reciente libro de Elvira Roca o el ya centenario de Julián Juderías—lleva camino de sobrevivir indefinidamente clonándose a sí misma. Su último capítulo, el escrito a la sombre de la dictadura franquista, ahí sigue caracoleando en el limbo culposo de la malquerencia de unos y otros. ¡No nos “perdonarán” nunca, ni siquiera los que tienen mucho que perdonar! Ahí tienen, estos mismos días, la tarta de disparates de la Justicia europea con la guinda intolerable colocada por la ministra alemana de Justicia: “Si no se prueba tampoco la malversación de caudales, Puigdemont será un ciudadano libre en un país libre”. Ahí queda eso. ¿Un país libre Alemania? ¿Y España no? Hay que tener audacia para señalar a la democracia española desde un país con el pasado de Alemania, y no me refiero al apocalipsis nazi sino a sucesos post-bélicos tan “democráticos” como el degüello en sus celdas de los miembros de la banda Baader-Meinhof o la bárbara masacre de Múnich en el año olímpico del 72.

Es posible que el triste asunto no renga remedio, lo que no implica por mi parte esquivar la responsabilidad relativa de nuestra diplomacia, incapaz desde siempre y hasta ahora de explicar por ahí fuera que padecer una tiranía durante cuarenta años no es motivo para extender su alargada sobra sobre una democracia que dura ya otro tanto. Nadie señaló a la democracia recuperada en Alemania tras su derrota bélica, porque era evidente que Adenauer o Willy Brandt nada tenían que ver con Göring o Goebbels, y ello a pesar de cuanto se ha especulado con la “responsabilidad colectiva” del pueblo alemán. ¿Por qué sostiene la ministra, a pesar de las rectificaciones tardías, que hoy día Alemania es libre y España no, a ver? Pues sencillamente porque, increíblemente, incluso en el democrático Gobierno alemán sigue viva la “leyenda negra”.

No deja de ser raro, por lo demás, que un país como el alemán, que recientemente revisó su estructura federal, recortando las competencias de los “länder”, para reforzar el sentido de la nación frente a eventuales aventuras regionales, apoye de hecho a los separatistas catalanes, unos golpistas más desahogados que los propios nazis a la hora de asaltar el Poder. Y se entiende, hasta cierto punto, que ni el Gobierno ofendido ni el ofensor estén por la labor de ver sus buenas relaciones en peligro, pero no la evidencia de que desde Europa se nos siga mirando como un país arriscado y rehén de un pasado que, hay que repetirlo, no es peor, ni mucho menos, que el de nuestros socios continentales. Los tópicos son cómodos, qué duda cabe, pero no por eso dejan de ser tan injustos como intolerables.

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