A pesar de que el cuento es viejo, la verdad es que no resultaba fácil esperar a oírlo repetido en plena postmodernidad. No damos crédito, en efecto, a la exigente y absurda humillación planteada por el presidente de México al Gobierno español, esa ridícula reclamación de públicas disculpas –¡a estas alturas!— por lo que nuestros trasabuelos hicieron o dejaron de hacer, tras descubrirlo, en el Nuevo Continente hace más de cinco siglos. ¡Es alargada la sombra del memorable Las Casas, prolongada por esa larga tradición antiespañola que, desde Julián Juderías, conocemos como “leyenda negra”!  De poco han servido, por lo que se ve, estudios tan rotundos como los que van desde Joseph Pérez a Elvira Roca, remates ponderados del celo patriótico de Menéndez Pelayo. ¿Y cómo podría ser de otra manera en un país como el nuestro desde el que se fomenta –¡y hasta se financia!— la prolongación, en cierta medida masoquista, de su propio desprestigio.

Apenas una protesta verbal  hemos podido escuchar al Gobierno frente a las graves falsedades vertidas en el exterior por primeros responsables de algunas autonomías, y apenas hemos podido verle un mohín contrariado ante el extravagante dispendio que supone el mantenimiento de una diplomacia ilegal por parte de algunas regiones. Pero ¿acaso podía esperarse algo diferente en un país que consiente que en alguna taifa se le cierre el puerto a un buque insignia de la Armada o que mantiene financiados y a cuerpo de rey en el extranjero a sus detractores prófugos de la Justicia?

Alguna vez habría que considerar el impacto ejercido sobre la mirada histórica por la intensa campaña indigenista propiciada oficialmente desde la propia España en el marco conmemorativo del famoso 92, cuya estela se  prolonga –cifrada en el imaginario contagioso que discurre entre Valle-Inclán y Carpentier–  desde el chafarrinón bosquejado en Chiapas por el Subcomandante Marcos hasta el desacreditado festín boliviano. ¡Pagamos encantados nuestro inmemorial e injusto desprestigio sacudiendo la misma bolsa que sufraga los prohibitivos gastos de los golpistas catalanes! ¿Y vamos a sorprendernos porque un piquete de senadores nos insulte al retratarnos como autócratas en una nación como Francia en la que sobre un suceso como el golpe catalán planearía anacrónica la sombra de la guillotina chauvinista?

No sabían la senda que estaban abriendo los pontífices romanos que pidieron públicamente perdón por el lejano atropello que sufrió Galileo o por el silencio dudoso con el que desde una Roma ocupada se contempló la tragedia del genocidio judío. Pero lo abrieron, canonizando tal vez sin pretenderlo la crónica negra de la tradición lascasiana que aún palpita bajo la sensibilidad desinformada del presidente mexicano. Céline –si se me permite esta cita que, en este contexto, tal vez resulta tan intempestiva— diría posiblemente que, después de todo, lo que hicimos o dejamos de hacer los españoles en la América recién descubierta no estuvo bien pero tampoco estuvo tan mal.

Tenemos un grave problema diplomático que ha provocado la desfiguración de nuestra imagen exterior, como ha probado el incidente sufrido por el ministro Borrell –¿qué hará un talento como él en un Gobierno como éste?— en la televisión alemana. Cualquiera tiene más crédito por ahí que unos Gobiernos españoles incapaces de mantener fuera de nuestras fronteras una voz única y responsable. Hay que reconocer que la osadía del presidente mexicano se explica con facilidad en la disparatada clave de nuestros propios errores.

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