Los vemos ateridos, envueltos en las mantas naranjas de la acogida, con ojos de supervivientes que han visto de cerca la tragedia y digerido dolorosamente el drama. Son el excedente del mundo pobre, los parias sin patria ni derecho, sin pan ni futuro, tantas veces cargados con la inocencia de sus hijos indefensos. El Mediterráneo está repleto de hermanos suyos –y nuestros–, soñadores reconvertidos en pasto de la mar, en víctimas del mundo poderoso que los desprecia y del negocio de las mafias, incluidas las gubernamentales que consienten su tráfico. Este año han triplicado ya su número en nuestra costa: 13.000 criaturas sin destino, viajeras de la nada a la nada. Europa debería instituir, junto a la suya, una bandera naranja, símbolo de su mayúsculo fracaso y de su ruinoso antihumanismo.

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